—¡Vete tú sola en taxi!
Rafael la miró directo a los ojos, su mirada tan tranquila que rayaba en la indiferencia.
Muy distinto a cómo veía a Abigail.
Aunque en el fondo ya lo esperaba, a Leonor le dolió el pecho, por más que intentara hacerse la fuerte.
De pronto, se dio la vuelta para irse, pero Rafael la sujetó del brazo desde atrás.
La fuerza con la que la tomó la sorprendió; sentía el agarre más firme de lo que había imaginado, al punto de que le dolió.
Quizá notando la incomodidad de Leonor, Rafael aflojó un poco la presión.
—Solo quiero que recuerdes algo: no te pongas tan ruda con Abi solo porque te mueres de celos. Ella jamás va a quitarte el puesto de señora Aranguren.
Dicho esto, Rafael se metió al carro y dejó a Leonor sola, con la boca medio abierta, pero ya sin ganas de explicarse.
Antes de arrancar, la ventanilla del conductor bajó. Leonor alcanzó a ver a Rafael asomando apenas la cabeza.
—Por cierto, ni se te ocurra regresar a Residencial Altavista. Esta noche no voy a volver.
Ese comentario tan intencional hizo que a Leonor le diera risa de coraje.
Residencial Altavista era el condominio donde vivían ella y Rafael como pareja casada.
—Ni siquiera pensaba volver a ese lugar.
En realidad, Leonor quería aprovechar para pedirle el divorcio otra vez. No lo había hecho antes porque Abigail iba en el carro y no quería darle el gusto de sentirse ganadora, pero ahora parecía el momento perfecto.
Sin embargo, Rafael, como si pudiera leerle la mente, se adelantó antes de que ella abriera la boca.
—Olvídalo, no voy a divorciarme. Así que deja de insistir.
El carro arrancó y se perdió en la noche, dejando la entrada de la finca en silencio absoluto.
Leonor decidió caminar por la avenida, pero no fue tan fácil encontrar un taxi a esa hora. Hasta intentó pedir uno por aplicación, pero nadie aceptó la solicitud.
Fue entonces que un Passat negro se detuvo justo frente a ella.
—Señorita Vargas...
Al volante iba Manolo, el asistente de Rafael. Leonor no pudo ocultar su sorpresa.


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