Leonor volvió en sí y le asintió al director de disciplina.
Ella había elegido hacer trabajo voluntario en el centro de menores, no para revivir los dulces recuerdos de su juventud junto a Rafael, ni para lamentarse por lo que ya no era igual.
Su motivación tenía que ver con querer hacer algo que de verdad valiera la pena.
Respiró hondo. Justo cuando estaba por entrar a su oficina, notó algo raro al fondo del pasillo.
Un grupo de estudiantes con pinta de buscar problemas rodeaba a un instructor de aspecto muy tranquilo.
Como los uniformes de los estudiantes y el del instructor eran distintos, Leonor pudo distinguirlos de inmediato.
Aunque la función del instructor era mantener a raya a esos chicos rebeldes, él lucía tan joven, casi como si aún estuviera en la prepa. Lo tenían completamente rodeado, y uno podía apostar a que saldría perdiendo.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Leonor, acercándose.
Al ver a una mujer tan guapa y bien vestida acercarse, algunos de los chicos silbaron, y otros le advirtieron que no se metiera.
—Ustedes son menores de edad —aventó Leonor, sin perder la compostura—. Si se pelean, no los van a encerrar, pero si arman lío con algún instructor, yo puedo llamar a sus papás. Y si quieren quedarse aquí más tiempo, sigan así, a ver si no terminan desperdiciando su juventud entre estas paredes.
Su tono sonaba relajado, pero los chicos se tensaron de inmediato.
El líder del grupo chasqueó la lengua, pero terminó llevándose a todos con él, a regañadientes.
Leonor se acercó entonces al instructor, que tenía un aire muy sereno.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí, gracias por ayudarme —respondió el instructor, rascándose la nuca y mostrando una sonrisa tímida, que lo hacía ver todavía más joven.
Él mismo le extendió la mano a Leonor.
—Hola, soy Federico Mendoza. ¿Eres la nueva psicóloga, verdad?
Leonor le estrechó la mano.
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