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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 118

—¡Buenas noches, señorita!

Desde afuera llegó el coro unánime y respetuoso de los sirvientes, como si estuvieran dando la bienvenida a una reina inspeccionando su reino.

Al escuchar aquel despliegue que le revolvía el estómago, el rostro atractivo de Elías se llenó de sombras.

—Cuando yo llegué no me recibieron así. Ella es una inútil, ¿qué derecho tiene?

—Elías, cálmate —Blanca le sujetó la mano rápidamente y bajó la voz—. Desde que Mila volvió y demostró su locura, tiene a todos los empleados aterrorizados. Lo hacen por miedo, no por respeto.

—Por ahora tenemos que mantenerla tranquila, no podemos chocar de frente con ella.

—Mamá, ¿qué les pasa a los dos? —Elías frunció el ceño, mirándolos sin poder creerlo—. Ustedes dos son los dueños de esta casa, ¿desde cuándo esa basura tiene el mando?

—¡Elías! —lo regañó Esteban con voz severa, aunque un destello de cautela asomó en sus ojos—. Esa maldita niña tiene el respaldo de Don Nuno y el apoyo de tu abuelo; ya no le importa nada. Enfrentarla ahora sería un error.

—Debemos ser pacientes. Cuando llegue el momento adecuado, la destruiremos de un solo golpe.

Al ver a sus padres acobardados, la frustración de Elías solo empeoró.

Como estrella del momento, estaba acostumbrado a ser adulado, a disfrutar de las flores y los aplausos. ¿Cómo iba a soportar que la inútil a la que antes pisoteaba ahora lo mirara desde arriba?

Pero, ante la presión de sus padres, tuvo que tragarse la rabia.

En la entrada, Mila apareció de la mano con Mónica.

Ambas vieron de inmediato a Elías, sentado en el sofá de la sala con una actitud oscura. Sus ojos, cargados de veneno, estaban fijos en Mila.

Ella, sin embargo, ni siquiera parpadeó. Arrastró a Mónica directamente hacia las escaleras, ignorándolo como si fuera transparente.

—¡Mila Quiroz! ¿Acaso no existo para ti? ¿No existen tus padres? —Elías no aguantó más y estalló—. ¿Llegas y ni siquiera saludas? ¿Dónde está tu educación?

Mila se detuvo, se giró levemente para mirarlo de reojo y respondió con tono helado:

—Elías, cuando estabas en la concesionaria humillándome, no te vi muy fraternal que digamos. Me llamaste basura, campesina, ex presidiaria... ¿Y ahora que llegas a casa te haces el hermano mayor ofendido?

—¡Exacto! Si ustedes no la tratan como a su familia, ¿por qué habría ella de tratarlos como si fueran humanos? —remató Mónica, hundiendo el dedo en la llaga.

—¡Qué insolencia!

Elías golpeó la mesa con furia. El estruendo hizo temblar las tazas de té. Ya no le importaba mantener su imagen de "ídolo perfecto"; toda la humillación que había soportado tenía que salir por algún lado.

—¡Esta es la casa de los Quiroz! ¿Desde cuándo una intrusa tiene derecho a hablar?

Mila se dio la vuelta por completo y la temperatura en sus ojos descendió hasta el punto de congelación.

Al ver esa mirada tan conocida, el corazón de Blanca y Esteban dio un salto.

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