Esteban y Blanca cruzaron una mirada, captando al instante el trasfondo de la conversación.
—Luna, Ariel, veo que hoy Don Nicolás los trata de manera muy diferente. ¿Acaso lograron lo que querían? —preguntó Esteban, ansioso.
—Mamá, ¿recuerdas que Ariel te comentó que el patriarca de la familia Centeno está muy grave y que Víctor está moviendo cielo y tierra buscando al famoso Doctor Azul? —recordó Luna con voz suave.
Los ojos de Blanca se iluminaron con una sorpresa genuina.
—¿No me digan que pudieron contactarlo?
—¡Así es! —asintió Ariel, con una sonrisa triunfal de quien ya tiene la victoria en el bolsillo—. Ya tengo todo arreglado. Mañana mismo llevaré al Doctor Azul para que trate al abuelo de los Centeno.
—¡Si logramos que se recupere, la familia Centeno nos deberá la vida entera!
—¡Bien hecho, Ariel! —celebró Esteban. La habitual sombra de su rostro dio paso a una sonrisa rebosante de ambición—. Mientras tengamos el respaldo de los Centeno, no importará que Mila tenga a Nuno Páez de su lado. ¡El abuelo tendrá que reconsiderar a quién le da el poder por el bien de la familia!
—Y eso no es todo —Ariel soltó una risa fría, para luego mirar a Luna con absoluta adoración—. Me aseguré de que todo el mérito recaiga sobre Luna. Cuando llegue el momento, usaremos ese enorme favor para que ella se una a la familia Centeno de manera oficial.
—¿A quién le importa si Mila se consiguió a Nuno Páez? Víctor Centeno es el orgullo de su abuelo. Si logramos concretar esa boda, Luna será la señora de los Centeno. ¡No tendrá que rendirle cuentas a Mila nunca más!
—Ariel... este mérito es demasiado grande, no creo merecerlo —dijo Luna, llevándose una mano al pecho y fingiendo una humildad temerosa—. Toda esta gloria debería ser tuya, me da miedo que...
—Luna, acéptalo sin culpa. En esta casa, tú eres nuestro mayor tesoro. Mereces lo mejor del mundo y punto —la interrumpió Ariel, con tono tajante.
—Ariel, mamá, papá... son tan buenos conmigo —Luna dejó que unas lágrimas brillaran en sus ojos, su voz se quebró por la supuesta emoción—. Les juro que, cuando logre consolidar mi posición, daré mi vida para proteger a esta familia. A todos ustedes.
El salón de té estaba inmerso en un silencio pacífico, envuelto en el aroma de las hierbas calientes.
Don Nicolás estaba sentado en la cabecera. Su mirada oscilaba entre Mila y Mónica Centeno, con una sonrisa inescrutable en los labios.
Mila se movía con una gracia hipnótica. Sirvió el agua, preparó la infusión y ofreció la taza con movimientos fluidos.
—Abuelo, disfrute su té.
Don Nicolás asintió levemente, tomó la taza de arcilla y dio un pequeño sorbo. La tensión en su frente pareció disiparse.
—Nadie lo prepara como tú, Milita. Tiene el punto exacto. Ay... si no fuera porque la casa principal siempre está llena de gente y necesitan que ponga orden, me mudaría contigo ahora mismo.

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