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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 120

—¡¿Te atreves?! —Esteban abrió los ojos desmesuradamente, temblando de pies a cabeza—. ¡Soy el líder de la familia Quiroz! ¡Aunque la casa esté a tu nombre, no tienes derecho a echarme!

Si lo botaban a la calle, ¡sería la humillación más grande de su vida!

—Antonio —Mila entrecerró los ojos y su tono se volvió gélido—. No me gusta repetir las cosas dos veces.

—¡Sí, señorita! —Esta vez Antonio no dudó un segundo y le hizo una seña a los guardaespaldas—. ¡Acompañen a los señores a la salida!

—¡A ver quién se atreve!

De pronto, una voz fría y autoritaria retumbó desde la entrada.

Mila achicó los ojos al ver a Ariel Quiroz cruzar el umbral con pasos largos y una presencia imponente y amenazadora.

—Ja, Ariel. ¿Ya te echaron a patadas y vuelves a buscar que te humillen?

—Mila, lo que estás haciendo viola las reglas de la familia —Ariel mantenía una expresión dura, tomando el papel de patriarca—. Las reglas son claras: los hermanos no deben atacarse. Al echarnos a Luna y a mí de la casa, te estás burlando de nuestras tradiciones. ¿Qué castigo mereces por eso?

—¿Reglas de la familia?

Mila enarcó una ceja y soltó una carcajada llena de desprecio.

—Lo siento, pero tú y yo ya firmamos el Acta de Desvinculación. No hay ninguna regla que nos una.

Ariel se quedó helado, recordando por fin aquel papel que había decidido ignorar.

—Milita, todos somos familia. No hay necesidad de llevar las cosas a este extremo.

Justo en ese instante, una voz anciana pero llena de poder se hizo escuchar.

Don Nicolás Quiroz apareció caminando a paso lento, apoyado en su bastón y escoltado del brazo por Luna Quiroz, con una mirada tan penetrante como el fuego.

Mila entendió todo de inmediato y una sonrisa helada asomó en sus labios.

Conque para eso habían desaparecido Ariel y Luna; habían ido a buscar al jefe máximo para aplastarla.

—Abuelo.

Al ver a Don Nicolás, Elías suavizó el rostro y lo saludó con todo el respeto del mundo.

—¡Don Nicolás! —Esteban y Blanca tampoco perdieron tiempo; bajaron la cabeza al instante con una actitud de total sumisión.

Don Nicolás asintió levemente. Su mirada, aunque envejecida, conservaba su astucia, y la clavó directamente en Mila.

—Milita, el abuelo sabe que has sufrido muchas injusticias en el pasado —habló con calma, pero con un peso que no admitía discusiones—. Sin embargo, la armonía en el hogar lo es todo. Por respeto a mí, quiero que dejemos este asunto hasta aquí.

Mila bajó un poco la mirada, ocultando el brillo letal en sus ojos, mientras observaba discretamente cómo Luna se aferraba al brazo de Don Nicolás.

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