—¡No te metas en mis asuntos! —gritó Paola, entre avergonzada y furiosa—. ¡Elías y yo nos amamos de verdad! ¡Daría mi vida por él, cien millones no son nada!
—Tsk, no es momento para jurar amor eterno —se impacientó el hombre, agarrándola de la barbilla—. ¡Cierra la boca y llama a tu padre para que prepare el dinero! O si no...
Se acercó a ella, amenazante.
—¡Te juro que no me haré responsable de lo que mis muchachos te hagan!
—¡No te atreverías!
—Ah, ¿no? Si ya me atreví a traerte hasta este agujero, ¿qué me detiene? —El hombre soltó una carcajada lúgubre—. Piénsalo. Si tu adorado Elías se entera de que fuiste... manchada por otros hombres, ¿crees que te volvería a mirar a la cara?
Esa amenaza fue una puñalada directa al punto más débil de Paola. Su voluntad se hizo pedazos al instante.
—¡Llamaré! ¡Lo llamaré! —sollozó, con la voz rota—. ¡Lo haré ahora mismo!
El hombre le hizo una seña a su compañero, quien le acercó el celular de Paola.
Justo en ese momento, un tono de llamada ensordecedor rompió el silencio.
Al ver el nombre en la pantalla, Paola comenzó a sacudirse histérica.
—¡Rápido! ¡Dámelo! ¡Es Elías! —gritó, intentando zafarse para alcanzar el teléfono.
—¿Mi amor Elías? —El hombre que sostenía el aparato leyó el contacto en voz alta y bufó con desprecio—. Vaya, este debe ser el príncipe azul.
—¡Te ordeno que me des el teléfono ahora mismo! —chilló Paola—. ¡Si Elías me está buscando es porque es una emergencia! ¡Si no le contesto, se va a morir de la angustia!
El teléfono sonó un par de veces más y luego se cortó.
—Te lo advierto, señorita —gruñó el secuestrador, apretando el teléfono—. Cuando te dé esto, solo vas a llamar a tu padre para pedir el dinero. Si marcas otro número, o intentas mandar algún mensaje en clave...
La miró con asco.
—No te garantizo que a tu amado Elías no le pase también algún... accidente.
Antes de que terminara la frase, el teléfono volvió a sonar. Era Elías otra vez.
El pánico se apoderó de Paola y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—¡Se los suplico! ¡Déjenme contestar! ¡Solo un segundo! ¡Él nunca me llama tantas veces seguidas! ¡Seguro está en graves problemas! ¡Tiene que ser eso!
El terror la hizo perder toda noción de la realidad.
—¡Les doy doscientos millones! ¡No! ¡Trescientos! ¡Lo que quieran! ¡Pero déjenme hablar con él! ¡Se los juro!
Los dos secuestradores intercambiaron una mirada, genuinamente asqueados. Hace cinco minutos estaba regateando por cien millones, y ahora ofrecía el triple solo para contestar una estúpida llamada. Esa mujer no tenía cerebro, solo a ese tipo metido en la cabeza.
—¡Aaaah! ¡Dame el maldito teléfono! ¡Dámelo ya! —Al ver que no reaccionaban, Paola perdió por completo la razón. Empezó a retorcerse como poseída en la silla y se lanzó hacia adelante, intentando darle un cabezazo al hombre que tenía su celular—. ¡Elías me está esperando! ¡Me necesita! ¡Él casi nunca me llama por iniciativa propia! ¡Si me llamó dos veces, es porque algo terrible pasó! O... o tal vez por fin me extraña.
El secuestrador no esperaba esa reacción de una niña rica mimada. Actuando por puro instinto ante el ataque repentino, le soltó una bofetada con el dorso de la mano.
—¡Plaf!

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