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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 125

—¡Oye, tú! —interrumpió uno de los aduladores, arrastrando las palabras por el alcohol—. ¿Eres nuevo o qué? ¿No sabes que Elías tiene su propio "cajero automático con patas"? ¿Para qué preguntas? ¡Cárgalo a la cuenta de la señorita Páez, obviamente!

—¡Exacto! —lo secundó otro—. Esa mujer es el perrito faldero número uno de nuestro amigo. Siempre que salimos, ella corre a pagar la cuenta antes que nadie. Hablando en plata, que Elías le deje pagar sus cuentas es un verdadero honor para ella. ¡Le hace un favor!

Elías escuchó todo esto con una sonrisa de autosatisfacción en el rostro. Le fascinaba sentirse idolatrado, y aún más, le encantaba la devoción sumisa de Paola. Sacó su teléfono con pereza y marcó el número de la chica.

Primer intento, sin respuesta.

Elías frunció el ceño. Siempre que la llamaba, Paola contestaba al primer timbre. ¿Cómo se atrevía a ignorarlo hoy?

Con una punzada de irritación, volvió a marcar.

Línea ocupada.

Una furia irracional se encendió en su pecho.

¿Paola se atrevía a no contestarle?

El rostro de Elías se ensombreció. La humillación que había sufrido esa mañana, sumada al desaire de su propio "cajero automático", lo hizo enfurecer.

Estrelló el teléfono contra la mesa de cristal, haciendo saltar los vasos a su alrededor.

El buen humor se esfumó en un segundo. *Paola, ya verás. A ver si te atreves a rogarme que te hable después de esto*.

—Amigo, no me digas que tu mina de oro se consiguió otro patrocinador... —comentó un hombre desde la esquina, mirándolo con malicia y sin medir el peligro—. Digo, Paola es guapa y está podrida en dinero...

—¡Cállate la boca!

Elías agarró un vaso de whisky y lo reventó contra el piso. El estruendo de los cristales rotos congeló el ambiente en la sala VIP.

—¡Vuelve a abrir la boca y te largo de aquí a patadas!

El hombre dio un respingo, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la espalda. Enseguida esbozó una sonrisa nerviosa.

—Era una broma, hombre. Ya sabes que hablo sin pensar, no te enojes...

—Tú también, Leonel. Paola lleva tres años detrás de Elías, todos sabemos que está loca por él. ¿Cómo va a tener a otro? —intervino rápidamente otro de los presentes, tratando de calmar las aguas y salvar la cara de Elías—. Seguro se le presentó un imprevisto. Te apuesto lo que quieras a que en menos de cinco minutos ve tus llamadas perdidas y te marca llorando para pedirte perdón.

—Sí, sí, seguro es eso. ¿Cómo iba a dejar ir a un partidazo como tú?

Rodeado de adulaciones que intentaban apaciguarlo, Elías agitó la mano con fastidio y le lanzó su propia tarjeta de crédito VIP al mesero.

El pitido de la terminal aprobando el pago fue como si le estuvieran arrancando la piel a tiras. A Elías le dolió el alma perder ese dinero, y juró en silencio: *Paola, si no me compensas esto al doble, te juro que no te lo voy a perdonar nunca*.

—¡Venga, a seguir bebiendo! —Elías se recostó en el sofá y se empinó un vaso de licor fuerte, intentando tragar su frustración.

Justo entonces, la pantalla de su teléfono se iluminó y comenzó a sonar.

—¡Ya ves! ¡Te dije que te devolvería la llamada!

—No le contestes de una. Déjala sufrir un poco. Que llame unas tres veces para que aprenda la lección.

Elías arqueó una ceja; la verdad es que pensaba hacer exactamente eso. Ignoró el teléfono vibrando y se volteó para seguir coqueteando con las mujeres a su lado.

Pero el teléfono no dejaba de sonar. Cortaba y volvía a insistir, una y otra vez.

Cuando Elías consideró que ya la había castigado suficiente, tomó el aparato con calma y miró la pantalla.

La sonrisa se le congeló de inmediato.

No era Paola. Era su mánager, Ángela.

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