Mansión Quiroz. La noche era un manto de silencio absoluto.
—Mila, extraño a Elena —susurró Mónica, acurrucada en la cama como una gatita que busca el calor de su dueña, escondiendo el rostro en el abrazo de Mila.
Esa necesidad visceral de protección y dependencia solo afloraba cuando recordaba los días en aquel lugar aislado del mundo, donde ambas solo se tenían la una a la otra para sobrevivir.
Mila esbozó una pequeña sonrisa y le acarició la espalda con suavidad.
—Elena nos lo dijo muy claro. Una vez que estemos afuera, no debemos mirar hacia atrás. Ese infierno quedó en el pasado.
—Pero el destino nos volverá a reunir en este lado del mundo, ya lo verás.
Mónica frunció el ceño, con una mezcla de frustración e incomprensión en la voz.
—A decir verdad, con los contactos y el poder que tiene Elena, salir de ahí debería ser pan comido para ella, ¿no crees?
—Digo, gracias a ella tú podías salir a tomar aire fresco de vez en cuando.
—Así es —Mila asintió, su mirada perdiéndose en la oscuridad—. Elena tiene los medios, sin duda. Pero no olvides que sus enemigos son monstruos, tan imponentes que asustan.
—Cuando no tienes el poder suficiente, la mejor estrategia de supervivencia es esconder tus garras y esperar el momento perfecto para atacar.
La expresión de Mónica se endureció. Si alguien tan poderosa como Elena tenía que andarse con cuidado, ¿qué clase de demonios eran los que la acechaban?
—Mila, ¿cuánto tiempo más vamos a tener que esperar? —preguntó, incapaz de ocultar su ansiedad.
Mila negó con la cabeza sin pronunciar palabra.
La verdad era que ni ella misma lo sabía. Elena solo le había dado una instrucción: *cuando llegue el momento, yo me comunicaré contigo*.
—Moni, tú eres de corazón puro. No tienes por qué ensuciarte las manos con estas guerras de poder —suspiró Mila, con un tono melancólico—. Si Elena nunca quiso enseñarte cómo ser despiadada, fue precisamente porque quiere que mantengas esa bondad intacta.
—Pero yo también quiero protegerte. A ti y a Elena —Mónica apretó más su abrazo, aterrada de que, si aflojaba un poco, la mujer que tenía enfrente se desvanecería.
—Tranquila —Mila sintió el temblor de la chica y una sonrisa de pura confianza iluminó su rostro—. Yo ya no soy esa basura que cualquiera podía pisotear.
—A todos y cada uno de los que pisotearon mi dignidad y me humillaron... les haré pagar con sangre.
Ding.
El sonido agudo de una notificación rompió la atmósfera íntima de la habitación.
Mila agarró el teléfono y miró la pantalla con desinterés, pero sus pupilas se dilataron de inmediato.
Era un comprobante de transferencia bancaria.
—¿Cien millones? —arqueó una ceja, soltando una risa incrédula—. ¿Quién es tan generoso como para transferirme cien millones a mitad de la noche?
—¿Qué dijiste? ¡¿Cien millones?! —Mónica saltó de la cama como un resorte y pegó la cara a la pantalla del celular, ahogando un grito—. ¡Por Dios, es verdad! Quien sea que tenga el poder de mover tanto dinero a estas horas no es ninguna persona común y corriente.

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