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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 130

A las afueras del hospital de la ciudad.

Mila revisó la pantalla de su teléfono y esbozó una leve sonrisa.

—Ya llegó. Está en la entrada principal.

—¿Ah? —Mónica se hizo sombra en la frente con la mano, escaneando el lugar con sus enormes ojos—. ¿Dónde? No veo a nadie.

Mila negó con la cabeza con cierta resignación, pero sin darle explicaciones, tomó del brazo a Mónica y caminaron juntas hacia la entrada.

No fue hasta que estuvieron a un par de metros que Mónica notó la delgada silueta parada allí.

Llevaba una gorra que le ocultaba la mitad del rostro y una sudadera holgada, luciendo como el típico joven relajado del vecindario.

Ese aspecto tan casual y mundano rompía en mil pedazos la imagen majestuosa, esotérica e intocable que Mónica se había imaginado de un maestro de la medicina.

—Mila, ¿de verdad... este es el famoso 'Doctor Azul'? —Mónica no podía ocultar su decepción e incredulidad.

—¿Qué pasa? ¿No te parece?

Al escuchar las voces, la figura se dio la vuelta.

Bajo la visera de la gorra, se reveló un rostro de una belleza irreal. Unos ojos rasgados, profundos y seductores, acompañados de una piel de porcelana, impecable y radiante. Tenía unos rasgos tan perfectamente esculpidos que rayaban en lo hipnótico.

—¿Tú... de verdad eres Azulita? —soltó Mónica sin pensar.

Mila y el Doctor Azul cruzaron miradas, y ambos compartieron una sonrisa cargada de paciencia.

—Por lo visto, mi rostro siempre será mi condena —respondió el doctor, abriendo los brazos con una actitud relajada y despreocupada.

—Es lo que hay. Si tienes un rostro más perfecto que el de cualquier supermodelo, que te confundan con mujer es el pan de cada día —añadió Mila con frialdad, como si la escena se repitiera a diario.

Mónica seguía procesando el cortocircuito en su cerebro, mirando de Mila al doctor.

—A ver, ¿de qué me perdí? ¿Qué tiene de raro la cara de Azulita?

El doctor suspiró profundamente, extendió la mano hacia Mónica y cambió a un tono completamente serio.

—Permíteme presentarte como es debido. Me llamo Azul, y soy hombre.

—¡¿Qué?!

Las pupilas de Mónica se encogieron como si hubiera visto un fantasma. Tomó la mano de Azul por inercia, mientras un terremoto de categoría diez sacudía sus creencias.

—¡¿Hombre?! ¡Es imposible!

—Cien por ciento certificado —Azul soltó una risita y se frotó la sien con resignación—. Entiendo que mi belleza pueda generar esta clase de crisis de identidad. Pero soy un hombre de los pies a la cabeza. Si quieres comprobarlo, estoy a tu entera disposición.

—¡¿Comprobarlo...?! —Mónica se quedó helada un segundo antes de entender la insinuación. Su cara se encendió como un tomate y agitó las manos—. ¡No, no, no! ¡Cómo crees! Es solo que... Azulito, eres tan... tan guapo que pondrías celosa a cualquier mujer.

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