El código de programación se desplazaba a toda velocidad por la pantalla.
Después de un rastreo exhaustivo, Mila logró fijar la ubicación de la dirección IP oculta bajo el alias «Pao».
Soltó una risa seca, presionó la tecla de inicio para evadir el sistema de encriptación y forzó la descarga de la identidad real del usuario.
En el centro de la pantalla, el nombre brilló con claridad: Paola Páez.
—Otra vez esta mujer —murmuró Mila, recostándose en la silla de su escritorio mientras su mirada se volvía gélida—. Parece que haberla humillado la dejó resentida. Pero atreverse a pagar por mi cabeza... eso es cavar su propia tumba.
El pitido agudo del microondas interrumpió sus pensamientos.
Mila se levantó para sacar su cena caliente. Mientras comía con absoluta calma, comenzó a diseñar su contragolpe.
Si Paola Páez estaba tan obsesionada con Elías Quiroz, la venganza más devastadora sería destrozar la imagen de ese hombre frente a sus ojos, arrancarle a su dios del pedestal.
Al mismo tiempo, en Villa del Lago.
Nuno Páez cruzaba las pesadas puertas de la propiedad.
Justo detrás de él, Sebastián arrastraba a un hombre corpulento llamado Axel.
Según el expediente, Axel era un sicario despiadado con tres muertes a sus espaldas. Un infeliz que no merecía piedad.
En la habitación del piso de arriba, Paola Páez sentía que el corazón se le saldría del pecho.
El párpado derecho le temblaba sin control y la llamada que le acababan de cortar abruptamente solo aumentó su angustia.
—Ese tal Axel es un sicario profesional, es imposible que haya fallado —murmuró para sí misma, caminando de un lado a otro en un intento por calmarse—. Le pagué el doble de la tarifa. Nada puede salir mal...
—Paolita.
La voz de su padre, Héctor Páez, sonó al otro lado de la puerta.
Paola dio un respingo y se obligó a estabilizar la voz.
—¿Qué pasa, papá?
—Tu primo acaba de llegar, baja a saludar.
¿Su primo?
Las pupilas de Paola se dilataron. En esa familia, cuando alguien decía «tu primo» con ese tono, solo podía referirse a una persona: El Verdugo, Nuno Páez.
Con el estómago encogido, reprimió el pánico, abrió la puerta y fingió sorpresa.
—¿Y eso por qué vino tan de repente? Casi nunca nos visita, ¿verdad, papá?
Héctor también parecía confundido.
—A mí también me extraña. Nuno ha estado muy ocupado detrás de una mujer últimamente. Que venga a nuestra casa sin avisar es bastante inusual.

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