Tac, tac.
Dos leves pero precisos golpes sobre la mesa resonaron en el salón. No fueron estruendosos, pero cortaron de tajo el murmullo general.
Mila apartó los dedos de la madera, recorriendo la sala con una mirada tan serena que resultaba intimidante.
—Señores directores, ustedes son los pilares de este grupo y merecen todo mi respeto —empezó con un tono suave, desprovisto de cualquier emoción—. Como tal, estoy dispuesta a escuchar sus inquietudes. Sin embargo...
De pronto, la expresión de Mila cambió; sus ojos se volvieron dagas afiladas.
—A ninguno de ustedes le gustaría que los ingresos de la empresa se desplomaran, ¿verdad?
—¡Exacto! Y es precisamente por el bien de la empresa que cuestionamos tu nombramiento —gruñó Rogelio, frunciendo el ceño—. Señorita Quiroz, cualquiera con un poco de inteligencia sabría cuál es su verdadero lugar, ¿no le parece?
—Totalmente de acuerdo —sonrió Mila, con un destello de cinismo en la mirada—. Lástima que, fuera de mí, nadie más puede ocupar esta silla.
—Señorita Quiroz, me parece que peca de arrogante...
—¡Señor Sanabria! —La voz de Mila estalló, ahogando las palabras del hombre con una frialdad glacial—. Creo que alguien «olvidó» informarle de un pequeño detalle: tanto en el contrato de la familia Páez como en el del Grupo Ignite, la única persona autorizada para dirigir los proyectos soy yo.
El salón quedó sumido en un silencio de tumba.
—En otras palabras, sin mí, la familia Quiroz no verá ni un peso de esos contratos. Acepté este cargo porque me importa la empresa, pero, para ser honesta, cargar con proyectos multimillonarios apenas regresando no es algo que me quite el sueño.
Al decir esto, les regaló una sonrisa radiante, pero con una mirada de puro hielo.
—Si los señores directores creen que no merezco este puesto, me parece perfecto. Presentaré mi renuncia a la gerencia y empezaré desde abajo. Por supuesto, hoy mismo llamaré a la familia Páez y al Grupo Ignite para avisarles que me retiro de los proyectos... Y bueno, si logran mantener los contratos sin mí, será gracias a la gran habilidad de todos ustedes.
Apenas terminó de hablar, el aire en la sala pareció congelarse.
Los rostros de Esteban, Ariel y de la mismísima Luna se desfiguraron de inmediato.
¿Cómo diablos era tan calculadora esta mujer? ¿De verdad iba a usar esos contratos multimillonarios como rehenes? ¿No le aterraba provocar la furia de su abuelo?

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