Mila se reía por dentro.
Ese viejo zorro se había quedado callado a propósito, esperando a que la situación llegara a su límite, solo para poner a prueba su capacidad para controlar la sala. Al final del día, ese supuesto «favoritismo» no era más que otra de sus pruebas para medir su utilidad; en realidad, Don Nicolás jamás había confiado plenamente en ella.
—Ya que el malentendido quedó resuelto, pasaré al segundo anuncio —dijo Don Nicolás, suavizando su expresión severa para mostrar una sonrisa casi paternal—. Aparte del gran trabajo de Mila, mi otra nieta, Luna, también ha logrado cerrar un trato con la marca MK.
La sala estalló en murmullos.
—¿MK? ¿La marca internacional de joyería de lujo?
—¡Nosotros nunca nos hemos metido en joyería, esto es un salto enorme!
—Quién diría que la señorita Luna, viéndose tan delicada, tendría esos contactos. ¡Mis respetos!
Los elogios volaban de un lado a otro. Luna, bañada por los halagos de los directores, escondió una mirada de triunfo mientras mantenía su fachada de niña buena y modesta, como si no quisiera ser el centro de atención.
Don Nicolás la miró y sonrió.
—Esta nieta mía siempre ha sido muy reservada. Hasta hoy no sabía de lo que era capaz.
—¡Don Nicolás, la señorita Luna debió entrar a la empresa hace mucho! De haber sido así, la familia Quiroz ya dominaría el mercado joyero.
—Jajaja, hoy es un día de doble victoria para los Quiroz. La competencia no va a poder dormir de la envidia.
Frente a toda esa adulación, Luna sonrió tímidamente, con voz suave.
—Me halagan demasiado, señores. Solo hice lo que me correspondía. Como parte de los Quiroz, aportar algo a la empresa es mi mayor orgullo.
Tsk. Qué discurso tan perfecto y calculado.
Mila sacudió la cabeza levemente, con una mirada cargada de sarcasmo. Antes, el abuelo ni siquiera volteaba a ver a Luna, pero en cuanto vio la oportunidad de hacer dinero, la reconoció públicamente como «parte de los Quiroz» y la llamó «nieta» con un tono de lo más amoroso.
Sin embargo, el contrato con MK no justificaba un cambio tan drástico en la actitud del viejo.
Tenía que haber algo más.
Y, tal como lo sospechaba, las siguientes palabras de Don Nicolás lo confirmaron.
—Además, la familia Centeno nos ha enviado un mensaje, mostrando interés en formar una alianza a largo plazo con nosotros.
La noticia cayó como una bomba, dejando a los directivos boquiabiertos.
—¡¿La familia Centeno?! ¿Esos Centeno? Nunca hemos tenido relación con ellos, ¿por qué el cambio de actitud?

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