Al verla, Máximo Centeno se quedó paralizado. Una sensación de familiaridad, mucho más intensa y dolorosa que la del día anterior, golpeó su pecho con fuerza.
—¿Cómo... cómo se siente hoy? —preguntó Mónica, quedándose de pie en el umbral, sin saber cómo actuar.
No quería ir, pero después de darle tantas vueltas al asunto, no pudo soportar el peso de sus propios sentimientos.
Sobre todo, porque la verdad de lo ocurrido hace años aún no estaba clara. No creía justo negarse la oportunidad de acercarse de nuevo a su abuelo.
—Me siento muy bien —respondió Máximo, regalándole una sonrisa llena de ternura.
Al ver esa sonrisa, Mónica sintió que viajaba en el tiempo a cuatro años atrás, a esas tardes en las que se recostaba en sus rodillas rogándole que le contara historias.
—Moni, voy a buscar agua caliente. Quédate a platicar con el abuelo —intervino Víctor, captando la situación al vuelo y saliendo rápido para darles privacidad.
Mónica suspiró profundamente y se acercó a la cama.
Por unos instantes, un silencio absoluto cayó entre los dos.
Los labios de Máximo temblaban. Tenía un millón de cosas que decir, pero no sabía por dónde empezar.
Para romper el hielo, Mónica sacó una flauta de madera de su bolso.
—¿Le... le gustaría que toque algo para distraerlo?
—¡Sí! ¡Sí, por favor! —Los ojos de Máximo se iluminaron de inmediato con una chispa de esperanza.
Mónica se llevó el instrumento a los labios y cerró los ojos.
Sus dedos se movieron con ligera vacilación al principio, pero poco a poco, la melodía que llevaba grabada en el alma comenzó a fluir.
Llevaba mucho tiempo sin tocar, pero en cuanto el aire se convirtió en música, los recuerdos la inundaron. Recordó el patio de la casa grande, cuando ella tocaba bajo la sombra del jardín mientras su abuelo descansaba en la mecedora, cerrando los ojos. Era una época de paz perfecta.
Las dulces notas resonaron por toda la fría habitación del hospital, inyectándole vida a ese cuarto que solo olía a medicinas y alcohol.
Máximo tenía los ojos clavados en el rostro de Mónica, sus párpados temblaban. Las barreras que mantenían sellada su memoria parecieron resquebrajarse y romperse en mil pedazos con cada nota musical.
Minutos después, la melodía terminó.
Mónica apartó la flauta y abrió los ojos para mirar a la cama.
El corazón se le encogió al instante: los ojos de Máximo, habitualmente opacos, estaban llenos de lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—¿Qué... qué le pasa? ¿Toqué mal? —preguntó, presa del pánico.

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