La escena en la sala de té de hace unas semanas cruzó rápidamente por la mente de Don Nicolás.
En aquel entonces, estaba completamente seguro de que los Centeno jamás recibirían de vuelta a alguien con los antecedentes penales de Mónica Centeno por robo industrial.
Pero al escuchar el tono de Mila, empezó a dudar; tal vez la actitud de la familia hacia esa chica no era tan drástica como él imaginaba.
—Parece que el destino nos une fuertemente a los Centeno. Esta alianza ya es nuestra —dijo Don Nicolás, con una sonrisa que arrugó las esquinas de sus ojos y un tono lleno de triunfo.
Luna, sentada cerca, sentía cómo su corazón latía a mil por hora mientras las manos le sudaban frío. Estaba aterrada de que Mila perdiera los estribos y decidiera destapar la verdad sin importarle humillar al abuelo.
Sin embargo, Mila solo la miraba con una media sonrisa indescifrable, sin ninguna intención de delatarla. Este extraño silencio hizo que la paranoia de Luna aumentara: ¿Qué demonios planeaba esa maldita campesina?
La reunión terminó tras unas breves indicaciones de Don Nicolás.
Después del enfrentamiento, los directores ya no subestimaban a la recién llegada, pero al final del día, todos los ojos estaban puestos en Luna.
A fin de cuentas, lograr el trato con MK abría las puertas del mercado joyero, y sumado al inminente respaldo de los Centeno, Luna se había convertido, de la noche a la mañana, en el activo más valioso de la empresa.
...
—Papá, hermano, ¿de verdad creen que no va a ir a chismearle todo al abuelo por la espalda?
En una pequeña sala de juntas privada, Luna se comía las uñas por la ansiedad.
—En la junta se contuvo para no hacer quedar mal al abuelo, pero ¿quién me asegura que no le dirá la verdad estando a solas?
—Luna, relájate —respondió Esteban con frialdad y cálculo, propio de un hombre de negocios implacable—. Que hable o no da igual. El viejo ya dictó sentencia frente a todos. Este asunto se quedará enterrado para siempre; jamás saldrá a la luz pública.
—Si no sale a la luz, a Mila no le quedará de otra que tragarse su coraje.
A Luna se le iluminaron los ojos. Al escuchar el análisis de su hermano, la piedra que tenía en el estómago finalmente desapareció.
Mientras tanto, en la oficina de la Gerencia de Marketing.
Fabio entró apresurado tras tocar la puerta.
—Señorita Mila, escuché que la señorita Luna consiguió la alianza con la familia Centeno —dijo con voz cautelosa, probando el terreno.
Mila curvó los labios en una sonrisa gélida.
—Esa ladrona no se merece ni las migajas.
Al oír eso, Fabio frunció el ceño y enseguida un rayo de comprensión cruzó por su mente.
—Señorita, lo que me quiere decir es... ¡¿Acaso esa mosca muerta le robó a usted el crédito?!
Mila levantó la vista y lo miró. Este tipo era repugnante a veces, pero no se podía negar que era muy astuto.
—Si esa pandilla de viejos inútiles en la junta directiva tuviera la mitad de tu cerebro, Luna no los traería de idiotas.
El rostro de Fabio palideció.
—¡Pero, señorita! Si es así, ¿por qué no dijo la verdad para defenderse?
—No vale la pena. —Mila tomó una elegante pluma estilográfica y comenzó a girarla entre sus dedos. Sus movimientos eran refinados, pero desprendían una frialdad absoluta—. Si aclaraba las cosas, solo habría humillado al viejo en público. Habría ganado una batalla, sí, pero me habría echado encima a la persona con más poder de la familia. Un pésimo negocio.

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