Mila miró al hombre a su lado con una expresión compleja.
En realidad, no era necesario. Ella y Katia eran suficientes para controlar la situación.
Pero él decidió intervenir, marcando territorio frente a todos de manera tan pública, cubriéndola con su manto protector.
—¡Amiga! —susurró Mónica, acercándose emocionada a la oreja de Mila—. ¿Ves? ¡Te lo dije! ¡Mi cuñado es increíble! A partir de hoy, él es el único cuñado que reconoceré, ¡nadie más podrá ocupar su lugar!
Mila puso los ojos en blanco y respondió fastidiada:
—Seguro lo hizo a propósito. Apoyarte de la nada es solo para manipularte y que hables bien de él después.
—Jeje, tener un cuñado tan guapo e imponente me hace soñar despierta. ¿Qué tiene de malo hablar bien de él?
—Mila, creo que Moni tiene razón —añadió Katia, maravillada—. En todo Valle Plateado, solo Don Nuno está a tu altura. ¿Por qué no consideras hacer real el matrimonio?
—Largo las dos.
Mila cerró los ojos, ignorando a sus embelesadas amigas.
Sabía muy bien que lo suyo con Nuno era solo un acuerdo. Si él había dado un paso al frente, seguramente era porque sentía que, al cuestionarla a ella, estaban hiriendo su propio orgullo.
Todo se reducía a intereses.
Sin embargo, Julián Solís, que observaba desde un rincón, no pensaba lo mismo.
A Nuno le importaba su orgullo, sí, pero todo este lío había sido por Mónica, no por él. Y sin embargo, no solo intervino, sino que defendió con fiereza a las amigas de su prometida... Eso definitivamente iba más allá de cuidar su imagen.
—Jeje, Moni —la voz amable de Máximo rompió el hielo—, me alegra ver que tienes tantos amigos apoyándote y protegiéndote. Confío en que, con tu capacidad, el futuro de la familia Centeno será brillante.
La mirada del anciano se volvió afilada mientras recorría la sala:
—Lo repito por última vez: la heredera de la familia Centeno es Mónica, y nadie más.
—¿Alguien tiene alguna objeción?
La decisión estaba sellada. Aunque algunos murmuraban, nadie se atrevió a alzar la voz.
Con Mila, Katia y el temible Nuno Páez detrás de ella, oponerse sería suicidio.
Por más molestos que estuvieran, tendrían que tragarse sus palabras.
En una esquina, Evelyn apretaba los puños, clavando sus perfectas uñas en las palmas de sus manos, llena de rabia y envidia venenosa.
Mónica, ¿por qué tienes tanta suerte?

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