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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 193

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Tras salir de la mansión de la familia Quiroz, en el instante en que Nuno Páez se subió al asiento del conductor, el aura de frialdad que lo rodeaba parecía más gélida que la propia noche.

Arrancó el motor y condujo a toda velocidad hacia la base de operaciones temporal.

El lugar era un terreno baldío. Solo unos cuantos perros callejeros merodeaban entre la maleza seca.

En cuanto Nuno pisó el suelo, los animales parecieron percibir una energía letal y abrumadora. Se arrastraron con la cola entre las patas, sin atreverse siquiera a levantar la vista.

—Don Nuno.

Sebastián se acercó a paso rápido y se detuvo con la cabeza baja, mostrando un respeto absoluto.

—¿Y el hombre?

Nuno se detuvo, y dos guardaespaldas se apresuraron a llevarle una silla en silencio, con total sincronía. Se sentó con la elegancia de un rey y, justo cuando los pliegues de su abrigo caían, otros dos hombres arrastraron hacia él a un hombre de mediana edad como si fuera un perro muerto.

—¡Mmm! ¡Mmmmm!

Al ver el rostro de Nuno, el hombre comenzó a sacudirse violentamente, como si estuviera mirando a la mismísima muerte a los ojos. Pero bajo el agarre de hierro de los guardaespaldas, toda resistencia fue inútil. Lo obligaron a arrodillarse, forzándolo a mirar hacia arriba, directo a los ojos del hombre frente a él.

—Julio... o mejor dicho, Julen.

Nuno se inclinó ligeramente hacia adelante, y su mirada barrió el rostro pálido del hombre como el filo de un cuchillo—. Cuando mi madre murió en aquel accidente de auto, desapareciste de la faz de la tierra sin dejar rastro. La vida o muerte de un don nadie no suele importar, pero el momento de tu desaparición fue demasiado conveniente.

Su voz era monótona, pero desprendía un frío que calaba hasta los huesos:

—Entonces, ¿me harás el favor de explicarme qué pasó?

El rostro de Julen se llenó de terror, y sacudió la cabeza con desesperación.

Uno de los guardaespaldas le arrancó la cinta adhesiva de la boca, desatando de golpe un alarido de súplica desgarrador:

—¡Don Nuno! Yo... ¡yo no sé nada! ¡Se lo ruego, déjeme ir!

Nuno cerró los ojos, fastidiado, e hizo un ligero movimiento con los dedos.

Sebastián se lanzó sobre él y, con una sola mano, agarró a Julen por el cuello, levantándolo en el aire como si pesara lo mismo que un muñeco de trapo.

Una fuerte sensación de asfixia lo invadió. Los ojos de Julen se pusieron en blanco, y sus piernas patearon el aire en vano. La mano que lo sostenía no cedió un milímetro. Justo cuando estaba a punto de desmayarse por la falta de oxígeno, Sebastián lo soltó de golpe, dejándolo caer pesadamente contra el suelo.

Julen intentó tragar aire con desesperación, pero antes de que pudiera regular su respiración, Sebastián volvió a agarrarlo por el cuello y a levantarlo.

Repitió el proceso tres veces, como un gato jugando con su presa. Cuando Sebastián lo soltó por última vez, Julen era un bulto flácido en el suelo. Apenas y podía respirar.

—Es suficiente —dijo Nuno con indiferencia.

—Julen, ¿ya te acordaste?

La voz del hombre era clara y resonante, pero para los oídos de un Julen torturado, sonaba como el susurro del diablo.

Julen tembló de pies a cabeza, dudó un segundo y, apretando los dientes, volvió a negar con la cabeza.

—Parece que Héctor Páez te pagó muy bien para comprar tu silencio. Pero no te preocupes, la noche es joven y tenemos todo el tiempo del mundo.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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