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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 215

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—Señorita, ¿todo bien? —Yara se acercó rápidamente, mostrando preocupación.

Mila negó con la cabeza.

—Vámonos, volvamos a Valle Plateado.

—¡Sí!

Ambas comenzaron a caminar juntas hacia la salida del barrio.

Sin embargo, no habían dado ni diez pasos cuando la atmósfera se volvió sumamente espesa. La cantidad de gente a su alrededor empezó a crecer de golpe. Ya no eran simples miradas de curiosidad; ahora estaban cargadas de avaricia, fanatismo y el morbo de una manada de lobos hambrientos acorralando a su presa.

—¡¿Señorita?! —Todos los nervios de Yara se tensaron. No hacía falta observar demasiado para sentir la hostilidad que emanaba del grupo.

Mila entrecerró los ojos y soltó una carcajada fría.

—Parece que los idiotas de antes fueron a buscar refuerzos.

—¡Jajajaja!

Una carcajada grosera y estridente rasgó el aire.

La multitud se abrió por el centro, dejando paso a un tipo gordo y de rostro lleno de cicatrices.

El gordo sonrió, dejando ver unos dientes amarillentos y podridos, mientras repasaba a Mila de pies a cabeza con una mirada cargada de intenciones asquerosas.

—Enzo me dijo que habían llegado dos bellezas forradas de plata en un auto de lujo. Veo que no exageraba —El gordo sacó un machete enorme de su cinturón y sonrió de forma siniestra—. Hermosuras, yo soy el jefe de esta zona. ¿Quieren salir de aquí caminando? Tendrán que pagar el peaje... o dejar algo más como garantía.

Apenas terminó de hablar, la multitud de pandilleros se cerró en un círculo a su alrededor.

Tal vez ya se habían enterado de lo que Mila era capaz, porque esta vez no venían cuatro o cinco; eran decenas de hombres. Todos con caras de psicópatas, tipos que claramente tenían sangre en las manos y estaban acostumbrados a vivir al filo de la navaja.

Incluso con todas las habilidades que Mila había forjado en el mismísimo infierno, enfrentar a decenas de asesinos al mismo tiempo la hizo fruncir el ceño.

—Yara, en cuanto empiece a pelear, corre con todas tus fuerzas —susurró Mila, flexionando las muñecas—. Sube al auto y maneja directo a Valle Plateado, no mires atrás.

—Señorita, ¡¿y qué hay de usted?! —Yara la miró en estado de shock.

—¿Yo? Estaré bien —Mila cerró los puños, haciendo crujir sus nudillos, y esbozó una sonrisa que helaba la sangre—. Hace mucho que no caliento bien los músculos, esta es la oportunidad perfecta.

Las pupilas de Yara se contrajeron, mirando a su jefa con estupor.

En el rostro de Mila no había ni una pizca de miedo o pánico. Había... emoción.

¡¿De verdad pretendía enfrentarse ella sola a toda esa horda de criminales?! ¡Era una locura!

—¡Yara!

—¡Sí, señorita! —Yara reaccionó y apretó los dientes—. Haré lo que dice. ¡Pero, por favor, tiene que volver sana y salva!

Mila no dijo más, solo hizo un gesto de "ok" con la mano. Acto seguido, se quitó un lazo negro de la muñeca y, con un movimiento fluido, se recogió el cabello en una coleta alta.

En ese instante, su aura pasó de ser relajada a ser completamente letal. Su postura imponente dejó a Yara deslumbrada por un segundo.

Si su jefa hubiera sido un hombre, cuántas mujeres en este mundo habrían perdido la cabeza por ella.

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