El Club Social Longines era el paraíso donde las señoras de la élite de Valle Plateado derrochaban sus fortunas.
Mujeres como Blanca organizaban reuniones allí con frecuencia. En teoría, era para fortalecer lazos de amistad; en la práctica, era un campo de batalla social. Sus temas de conversación nunca salían del futuro de sus hijos, los chismes más jugosos de la alta sociedad o los artículos de lujo recién salidos de las pasarelas.
En ese momento, Adriana le devolvió el teléfono a Blanca con una sonrisa impecable y elegante en los labios.
—Señora Quiroz, ¿acaso hay algún malentendido entre ustedes? Ya sabe lo que dicen: el amor de madre e hija lo perdona todo. Si hablan con el corazón en la mano, no hay herida que no pueda sanar.
Aunque sonaba a un dulce consuelo, para Blanca, aquellas palabras fueron como tragar vidrio molido.
¿Malentendido? Lo que había entre ella y Mila hace mucho que había dejado de ser un simple "malentendido". Era la sangrienta realidad de haber mandado a su propia hija biológica a prisión solo para encubrir los crímenes de su hija adoptiva.
—La señora Centeno acaba de regresar al país, seguro no está enterada —intervino una voz perezosa pero cargada de burla.
Quien habló fue Yolanda Solís, sentada junto a Adriana. Lucía un porte majestuoso, pero sus ojos escrutaban el rostro tenso de Blanca sin disimulo alguno.
—Tengo entendido que la señora Quiroz, hace unos días, cortó todo lazo con su hija biológica.
—¿La desheredó? —Adriana fingió sorpresa, dejando que su mirada se posara en Blanca por un instante.
Por dentro, Adriana se reía. Sus palabras de reconciliación habían sido completamente inútiles. Si habían llegado al punto de cortar lazos, esa relación ya estaba muerta y enterrada.
—Señora Solís, está hablando de más —Blanca entrecerró los ojos, lanzándole una mirada fulminante a la despampanante mujer.
Yolanda era la madre de Julián Solís y, desde siempre, ambas se detestaban.
—Ay, señora Quiroz, de mujer a mujer, se lo digo por su propio bien —Yolanda levantó su exquisita taza de porcelana, dio un pequeño sorbo y continuó con tono despreocupado—. Esa chica, Mila... en cuanto a belleza y capacidad, ¿en qué no supera a Luna? Como madre, de verdad no entiendo cómo prefiere lamerle las botas a una hija adoptiva en lugar de valorar a la joya que lleva su propia sangre.
—Los asuntos de la familia Quiroz no son de su incumbencia —Las manos de Blanca, apoyadas en su regazo, se apretaron con tanta fuerza que sus uñas perfectamente arregladas se clavaron en sus palmas—. Además, mi Luna es una señorita educada, refinada y elegante. No se puede comparar con una pueblerina salvaje como Mila.
—¿De verdad? —Yolanda se encogió de hombros, con un tono mordaz—. Pero resulta que esa misma hija biológica a la que tanto desprecia acaba de aplastar por completo a la hija adoptiva que moldeó con tanto esmero. Por ejemplo, en la reciente Expo Internacional de Joyería...
—¡Suficiente! —estalló Blanca. Su pecho subía y bajaba rápidamente, consumida por la ira—. ¡El asunto de la Expo aún no se ha resuelto oficialmente, así que le exijo que mida sus palabras!
El escándalo de plagio de Luna Quiroz en la Expo Internacional de Joyería ya era el pan de cada día en los chismes del círculo. Aunque no había una condena legal aún, todos sabían la verdad. Blanca había traído a Luna a la reunión precisamente para intentar limpiar su imagen; no iba a tolerar que le escupieran la verdad en la cara.
—Bueno, bueno, ya basta —Adriana intervino al notar que la tensión estaba a punto de desbordarse—. Hoy estamos aquí para disfrutar. No dejemos que un asunto trivial arruine nuestra amistad.

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