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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 243

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—¡Cállense! ¡Cállense todos! —gritó Elías al borde de la histeria—. ¡Fue su seguridad la que falló! ¡Dejaron que me grabaran! ¡Los voy a demandar! ¡Los demandaré por invasión a la privacidad!

Mario negó con la cabeza, soltando una risa fría.

—El verdadero dueño de este salón tenía planeado hacer una transmisión en vivo aquí, el teléfono lo dejó esa persona. ¿Quién le manda entrar como un delincuente? Si lo grabaron, fue porque se lo buscó.

—Si quiere demandarnos, adelante. Pero nosotros también lo demandaremos por allanamiento a un espacio privado.

En un par de frases, bloqueó todas las salidas de Elías.

A un lado, Ángela dejó escapar un largo suspiro. Sabía que estaban completamente perdidos. Quienquiera que estuviera detrás de esto los había manejado como marionetas.

—Ángela, ¿qué hacemos? —murmuró Elías, aferrándose a ella, completamente pálido.

—No te alteres —Ángela entrecerró los ojos, un destello de dureza cruzó su mirada—. Aún nos queda una oportunidad. Un contacto acaba de responderme. Me ayudará a acercarme a STAR. Si logramos que STAR nos presente al maestro Nolan, todavía podremos darle la vuelta a esto.

Los ojos de Elías se iluminaron:

—¿De verdad?

—Tenemos que empezar de cero. Ya que no tienes futuro en este país, usarás tu música para impresionar al maestro Nolan e intentaremos conquistar el mercado internacional —explicó Ángela, aún planeando una ruta de escape para él.

Pero el rostro de Elías palideció de golpe. ¿Su música? ¿Impresionar al maestro Nolan? Desde que lanzó *Hermano*, su gran éxito, no había vuelto a escribir nada decente. Todo su supuesto talento era solo puro marketing creado por la empresa.

Pedirle que empezara de cero con su propio talento era como pedirle que se suicidara.

—Señores, ¿ya van a pagar la cuenta? —preguntó Mario, golpeando la mesa con impaciencia.

—Paga de una vez —ordenó Ángela.

Elías apretó los dientes y sacó su tarjeta negra, el máximo símbolo de su estatus. Originalmente, planeaba gastar el dinero de Paola, pero ahora que estaba arruinado, no le quedaba más remedio que sangrar su propia billetera.

Un pitido seco resonó. Transacción rechazada.

El rostro de Mario se endureció y arrojó la tarjeta a la mesa.

—Lo siento, está bloqueada.

—¡¿Cómo es posible?! —Elías se puso histérico y rebuscó torpemente otra tarjeta—. ¡Pruebe con esta!

Falló nuevamente.

A Elías se le helaron las manos y los pies. Tembloroso, marcó el número de su padre, Esteban Quiroz.

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