En la mansión principal de la familia Quiroz, la presión en el aire era asfixiante.
Don Nicolás tenía el rostro sombrío y su mirada de halcón estaba clavada en Esteban Quiroz.
Esteban, la señora Blanca, Ariel y Luna estaban de pie con la cabeza gacha. Ni siquiera se atrevían a respirar, por miedo a que la furia del anciano los alcanzara.
—¡Ese idiota de Elías! ¡Cometer un error tan estúpido! ¿Acaso quiere que toda la familia se convierta en el hazmerreír del círculo social? —Don Nicolás golpeó el suelo con su bastón. El eco resonó fuerte y pesado—. ¡Tenemos que detener esto hoy mismo! ¡Incluso si significa expulsar a Elías de la familia!
—¡Don Nicolás, no puede hacerlo! —El rostro de Esteban palideció y habló con desesperación—. Elías es su propio nieto, ¿cómo puede...?
—¡Yo no tengo un nieto tan inútil! —Don Nicolás dio un manotazo en la mesa, haciendo temblar las tazas de té—. Trabajé duro toda mi vida para llevar a la familia Quiroz a la cima. Y ahora... miren en qué se ha convertido desde que te entregué el control.
—Te lo advierto, Esteban. Si no solucionas este escándalo, ¡más te vale ir despidiéndote de tu puesto como cabeza de esta familia!
El corazón de Esteban dio un vuelco y su rostro se quedó blanco. Apretó los dientes y se apresuró a asegurar:
—No se preocupe, Don Nicolás. Defenderé a la familia y a la Corporación. No dejaré que el problema de Elías afecte nuestros cimientos.
La señora Blanca captó la mirada fría y decidida en los ojos de su esposo. Su pecho se apretó de golpe:
—Amor, ¿qué vas a hacer?
—Elías cometió un error garrafal y arrastró a la familia con él. Tiene que pagar —Esteban entrecerró los ojos y su voz destiló una frialdad estremecedora—. Formalmente, lo expulsaré de la familia y lo mandaré fuera del país hasta que las cosas se calmen.
Al escuchar esta decisión, Ariel y Luna sintieron un escalofrío.
Ambos entendían a la perfección la regla más cruel: en la familia Quiroz, quien no aportaba beneficios era tratado como un estorbo y desechado sin piedad, tal como le estaba pasando a Elías.
Luna bajó la mirada, maldiciendo en su interior: *El inútil de Elías cayó demasiado rápido. Pensé que podría usarlo para molestar a Mila un poco más, pero ya no sirve para nada.*
Ahora, las únicas cartas que le quedaban eran Ariel y Felipe.
El problema era que, últimamente, Ariel se portaba muy distante con ella; no sabía si era por los problemas con su compromiso con Verónica Valente, o si se había dado cuenta de algo. Y en cuanto a Felipe, desde su última humillación, andaba deprimido y se la pasaba encerrado en su cuarto haciéndose el muerto.
Sin embargo, el odio que Felipe sentía por Mila debía estar en su punto más alto en ese momento. Ese rencor sería el arma perfecta en sus manos.
—¡No puedes! —gritó la señora Blanca, oponiéndose—. ¡Elías es mi hijo! ¡Lo llevé nueve meses en el vientre! ¡No voy a permitir que lo echen así como así! ¡Eso de mandarlo fuera del país no es más que un exilio!
—Pues si no estás de acuerdo, ¡lárgate tú también con él! —le gritó Esteban, sin una pizca de compasión.
La señora Blanca se puso blanca como el papel. Sus piernas perdieron fuerza y casi se desploma en el suelo. Siempre creyó que era importante para Esteban, pero hasta ahora entendió que todo ese amor no era más que una farsa.
Para Esteban, lo único que realmente importaba era ser la cabeza de la familia. Lo único que le importaba era el poder.
—Estoy cansado. Lárguense todos —Don Nicolás hizo un gesto con la mano. Apoyándose en su bastón, se dio la vuelta y caminó hacia su habitación, con una postura gélida—. Por cierto, mañana hay cena familiar. Todos tienen que estar aquí, excepto Elías.
—Sí, Don Nicolás.
Esteban soltó un largo suspiro de alivio. Al parecer, el anciano había aprobado su estrategia de sacrificar al peón para salvar al rey. Su posición como jefe de familia estaba a salvo.
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