—¡No... no! ¡Las cosas no son así!
Elías estaba frenético, negándose con todas sus fuerzas a aceptar la aplastante realidad. —¡Fue Mila! ¡Ella tenía todo ese talento, pero prefirió hacerse la víctima y actuar como una inútil! ¡Si me hubiera dicho lo buena que era desde el principio, jamás la habría tratado así!
Ángela se masajeó las sienes, completamente sin palabras ante la estupidez del hombre que tenía enfrente.
A estas alturas, Elías seguía sin querer aceptar que toda esta tragedia era el resultado directo de su propia ignorancia y arrogancia.
—No tienes remedio —la voz de Ángela cortaba como el hielo—. Elías, a partir de este momento, no quiero que vuelvas a cruzarte en mi camino. De lo contrario... te juro que no tendré piedad.
Sin decir más, dio media vuelta y se marchó. Su figura alejándose no mostró ni la más mínima vacilación.
Elías se quedó mirando su espalda. Intentó dar un paso para seguirla, pero al final solo pudo detenerse derrotado. Conocía demasiado bien el carácter de Ángela; cuando esa mujer tomaba una decisión, no había marcha atrás.
¿Acaso este era su final?
No, aún no estaba todo perdido. Todavía tenía su cara.
Cuando las cosas se calmaran, podría usar su buena apariencia para buscar a otra mujer adinerada.
Por más arruinado que estuviera, mientras hubiera patrocinadoras deseando su cuerpo, alguien estaría dispuesta a pagar la cuenta.
Justo en ese instante, unas sombras lo rodearon. Un grupo de hombres corpulentos y con aspecto peligroso le bloqueó el paso.
—¿Tú eres Elías Quiroz? —El líder, un hombre con una cicatriz en el rostro, entrecerró los ojos y lo evaluó de arriba abajo como si fuera una serpiente a punto de atacar.
Elías sintió un escalofrío al ver esa mirada asesina. Notó que los matones detrás de él ya se estaban tronando los nudillos y su instinto lo hizo dar media vuelta para salir corriendo.
—¡Atrápenlo!
A la orden, los matones se lanzaron sobre él como lobos hambrientos y en cuestión de segundos lo inmovilizaron contra el pavimento.
—¡No los conozco! ¡Suéltenme! —Elías forcejeaba con todas sus fuerzas, pero ante la clara desventaja numérica, sus intentos eran inútiles.
Desde las sombras a lo lejos, Nuno observaba la escena. Una sonrisa fría y cínica se dibujó en sus labios. Con total calma, levantó su teléfono y empezó a grabar la situación.
A su lado, Sebastián lo miraba desconcertado: *¿Desde cuándo Don Nuno disfruta grabando chismes en la calle?*
—¡Jefe, tengo plata! ¡Puedo pagarles, se lo suplico, déjenme ir! —rogó Elías, con la cara aplastada contra el asfalto áspero, suplicando como un perro callejero.

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