Yara sonrió, algo avergonzada.
—Para trabajar con usted, tengo que ser detallista en todos los aspectos. Ya lo dice el dicho, conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo para salir victorioso. Aprender un poco de información extra nunca está de más.
—Bien hecho, te felicito —asintió Mila con aprobación, pero rápidamente cambió el tema—. Sin embargo, hoy no he venido a ver a ningún jefe importante.
—¿Ah? Entonces a qué...
—A comer.
Yara se quedó helada, totalmente desconcertada por la respuesta de Mila.
Pensó que si su jefa había ido a comer allí, seguro era para reunirse con algún magnate o ejecutar un plan maestro, pero que dijera que solo venía a comer... era demasiado relajado.
—Yara, muchas cosas no son tan complicadas como parecen —dijo Mila mientras tomaba asiento, explicando con indiferencia—. Simplemente quería probar un plato famoso de aquí, el Manjar de Coral. Dicen que es exquisito.
—Oh, claro, el Manjar de Coral del Club Los Laureles es muy famoso —respondió Yara, tranquilizándose y sin darle más vueltas—. Aunque lo que más destaca de este lugar son las subastas exclusivas que organizan periódicamente...
Al pensar en eso, se detuvo de golpe y miró a Mila.
Aunque su jefa decía que solo venía a comer, ¿quién garantizaba que no aprovecharía para asistir a la subasta?
Pronto, Yara dio las instrucciones a los camareros y todos los platillos exquisitos fueron servidos en la mesa.
Al ver el festín frente a ella, a Yara se le hizo agua la boca y tragó saliva sin disimulo. Pero como Mila aún no había tocado la comida, no se atrevía a empezar.
—Yara, puedes comer.
—Señorita Mila, ¿usted no va a comer? —preguntó Yara con curiosidad.
Mila miró la hora en su teléfono, se levantó despacio y se arregló la ropa.
—A partir de este momento, tú te quedarás aquí y disfrutarás de este banquete.
—¿Ah? —Yara parpadeó, mirándola con total confusión.
—Recuerda, hoy, de cara al mundo, solo vinimos a comer, ¿entendido?
Al ver la expresión seria de Mila, Yara medio entendió, pero si su jefa se lo pedía, seguro tenía sus motivos.
—¡Lo entiendo, señorita Mila! Hoy solo vinimos a comer, sin ningún otro propósito.
—Muy bien, eres lista.
Mila asintió satisfecha y caminó hacia la zona de descanso dentro del cuarto privado, donde había un pasadizo secreto.
Yara moría de curiosidad, pero cumplió con su deber como asistente: no hizo preguntas ni conjeturas innecesarias.
Así que centró su atención en el delicioso banquete que tenía enfrente. Si la jefa le decía que comiera... ¡pues disfrutaría al máximo! Después de todo, era una orden.

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