Nuno no tenía ganas de perder el tiempo. Justo cuando iba a escribir ¡Hazlo!, se detuvo bruscamente. Algo no cuadraba.
*Nuno: —Toma una foto de esa persona y envíamela.*
Julián le envió una foto y, al ver la imagen de esa mujer orgullosa con aura de reina, Nuno comprendió todo de inmediato.
*Nuno: —Olvídalo. Déjasela a ella.*
*Julián: —¿Ah? ¿Por qué se la vas a dejar? ¿No dijiste hace un momento que la asegurara a cualquier costo?*
*Nuno: —Déjasela a ella.*
Esa respuesta escueta destilaba una autoridad incuestionable.
Julián suspiró, frustrado. Pensaba que podría aprovecharse de la fortuna de Nuno para impresionar a todos con un cheque en blanco y verse como un ganador.
Pero el freno repentino de Nuno fue completamente incomprensible.
Mientras tanto, Nuno miraba a la mujer en la foto, con una sonrisa curvando sus labios que no desapareció en ningún momento.
—Si ella misma está allí en persona, seguir pujando no tiene sentido —murmuró, suspirando con cierta impotencia—. Pensé que esta vez podría ayudarte un poco, pero tu ritmo es mucho más rápido de lo que imaginé.
*Chirrido...*
El auto se detuvo por completo.
Sebastián giró la cabeza respetuosamente y dijo:
—Don Nuno, hemos llegado.
Nuno guardó el teléfono. Al ver a las personas esperando frente a él, la sonrisa desapareció de su rostro, siendo reemplazada por una frialdad glacial.
En el salón de subastas.
Mila lanzó otra oferta: treinta y dos millones.
Esta vez, Julián no respondió, limitándose a hundirse en su silla con una expresión amargada y llena de frustración.
—Treinta y dos millones, a la una.
—Treinta y dos millones, a las dos.
—Treinta y dos millones, a las tres. ¡Vendido!
Con el golpe definitivo del martillo, la Estatua de Cristo pasó oficialmente a manos de Mila.
El rostro de Natalia estaba aterradoramente oscuro. No solo había ofendido a Fernán Montes, sino que había sido el hazmerreír frente a todos los presentes. La ira ardía en su interior, pero no tenía forma de descargarla.
—Propietaria Quiroz, como dueña de Reliquias del Sur, ¿estaría dispuesta a explicarle un poco sobre esta Estatua de Cristo a alguien inexperta como yo?
En medio de sus pensamientos confusos, las palabras de Mila la trajeron de vuelta a la realidad. Natalia no pudo evitar preguntar con suspicacia:
—¿Usted me conoce?
—Por supuesto —sonrió Mila, haciendo un gesto para invitarla a pasar al área de descanso.
Natalia dudó un instante, pero terminó siguiéndola. Ya había comprobado que esa misteriosa mujer había ido exclusivamente a atacarla.
La zona de descanso contaba con salas privadas, ideales para que los clientes hicieran negocios.

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