Ariel respiró hondo, tratando de mantener la mirada firme.
—Lucio, sé que la situación actual es bastante incómoda. Pero te juro que tengo la capacidad de revertirlo todo. Solo confía en mí una vez más. No canceles nuestra alianza.
Lucio entrecerró los ojos. Lo miró con frialdad y luego señaló la mesa del salón privado, donde descansaban varias botellas de licor fuerte.
—Entonces bébete todas esas botellas.
Las pupilas de Ariel se contrajeron. Al ver la cantidad de alcohol, el pánico lo invadió.
Dejando de lado si era físicamente capaz de hacerlo, si se metía todo eso al cuerpo terminaría en el hospital con un coma etílico.
Pero Lucio lo hacía a propósito para que desistiera y se largara.
—¡Me las tomaré!
Ariel apretó los dientes, entró con paso torpe, agarró una botella de licor y se la empinó sin dudarlo.
El líquido ardiente le quemó la garganta, haciéndolo fruncir el ceño. Su estómago se retorció con violencia, amenazando con devolverlo todo.
—¡Qué aguante, joven Ariel! Pero cuidado, si vomitas, el trato se anula —dijo Lucio mientras se sentaba y cruzaba la pierna, encendiendo un cigarrillo con una sonrisa burlona.
Ariel no respondió. Cuando terminó la primera botella, el mundo ya le daba vueltas.
Aun así, sacudió la cabeza para despejarse, agarró la segunda y volvió a empinársela.
Lucio lo observaba. En el fondo, le daba coraje ver a este idiota destruyéndose así. Si los Quiroz hubieran tratado bien a Mila desde el principio, no estarían en esta situación tan miserable.
Tanto Esteban como Ariel parecían tener una obsesión enfermiza: preferían mimar a una impostora que a su propia sangre.
¡Esa mujer estaba comprometida con Nuno Páez y tenía conexiones con la familia Centeno! Todo el mundo se moría por congraciarse con ella, excepto este par de imbéciles que se dedicaron a empujarla lejos.
—Jefe, ¿no será que le pasa algo malo? —murmuró el asistente de Lucio, preocupado.
Lucio exhaló el humo con lentitud.
—Él se lo buscó. ¿Es mi culpa? Hmph. Tal vez... hasta pueda usar esto para ganarme el favor de la señorita Mila.
Sacó su celular y empezó a grabar la patética escena de Ariel.
Ariel ya estaba perdiendo el sentido de la orientación. Su estómago se contraía en espasmos dolorosos, sintiendo que en cualquier segundo vomitaría hasta las entrañas.
Pero a base de pura fuerza de voluntad, obligó a su cuerpo a retener el veneno.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada