Blanca observaba a su marido y a Luna conspirar, y una punzada de inquietud le recorrió el pecho. La devoción de Esteban por Luna rayaba en la locura.
Estaba dispuesto a usar los recursos de los Quiroz para que Luna tomara el control de otra familia. Si alguien de afuera viera esto, juraría que ella era su verdadera sangre.
—¡No, papá! ¡De ninguna manera!
En ese momento, Ariel entró a zancadas en la sala, con una mirada gélida clavada en Esteban y en Luna.
—Es solo una hija adoptiva. ¿Por qué diablos tenemos que quemar nuestro dinero y nuestros recursos en ella? —La voz de Ariel retumbó, firme y desafiante—. Mientras yo esté vivo, no permitiré que Luna toque un solo centavo de los Quiroz.
—Hermano... ¿qué estás diciendo? —Luna fingió estar devastada, abriendo los ojos de par en par—. ¿Me acabas de llamar "adoptiva"?
El hombre frente a ella parecía un extraño. Ya no era el hermano mayor que la adoraba ciegamente.
Antes, él le habría cortado la lengua a quien la llamara adoptada. Él solía decirle que ella era su única y verdadera hermana.
Esteban se levantó lentamente. Sus ojos se oscurecieron y caminó a paso pesado hacia Ariel.
Las pupilas de Ariel se dilataron. Vio en la mirada de su padre una rabia contenida, fría y peligrosa.
¡Zas!
Esteban levantó la mano y le soltó una bofetada con tanta fuerza que le giró la cara.
Un hilo de sangre comenzó a escurrir de la comisura de los labios de Ariel.
—¡Malnacido! Con que sí es cierto. Te aliaste con Mila para rebelarte contra tu propio padre, ¿verdad? —Esteban le apuntó a la cara con el dedo, temblando de rabia—. ¡Que te quede claro! ¡En esta casa mando yo! Yo soy el patriarca, y aquí se hace lo que yo digo.
—Si crees que puedes arrastrarte a los pies de Mila y salir ileso, estás cavando tu propia tumba.
—Je. —Ariel soltó una risa amarga. Levantó la vista, con los ojos llenos de decepción—. Papá, ¿hasta qué punto te ha cegado el favoritismo por esta chica? Ella es un parásito. Ella es la verdadera culpable de que esta familia se esté haciendo pedazos.
—¡Tú...!
Esteban volvió a levantar la mano y le asestó otra bofetada durísima.
Esta vez, Ariel no movió ni un músculo. Recibió el golpe de lleno, manteniendo el cuello rígido y mirándolo con la resolución de alguien que ya no tiene nada que perder.
—¡Pégame! ¡Mátame a golpes si quieres! Si mi muerte sirve para que por fin abras los malditos ojos, moriré en paz.
—¡Papá, hermano, dejen de pelear! —Luna se metió en medio, fingiendo desesperación—. Tiene que haber un malentendido. Seguro el hermano mayor está estresado por los negocios y por eso está diciendo cosas feas que no siente.
—Cierra la boca, Luna —Ariel la miró con asco, soltando una carcajada sarcástica—. Antes no me daba cuenta de lo falsa que eras, pero ahora... verte hacerte la mosca muerta me da ganas de vomitar.

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