Ariel miró a Blanca con una mezcla de tristeza y resignación.
—Mamá, creo que ya te diste cuenta, ¿verdad? Esta familia... fue destruida por Luna. Ahora el segundo hermano está desfigurado en un hospital con el futuro arruinado, y el tercero está tan traumatizado que apenas sabe en qué día vive.
—Si no despertamos ahora y reconocemos el monstruo que alimentamos, los Quiroz estamos acabados.
—Yo... —Blanca tartamudeó.
—Si sigues diciendo idioteces, te desheredo y dejo de ser tu padre —sentenció Esteban con frialdad.
Pero lejos de asustarlo, la amenaza de su padre le provocó a Ariel una sonrisa de liberación.
*Así que esto era a lo que se enfrentaba Mila*, pensó.
*Una familia podrida en su propia ceguera, y una víbora jugando con sus mentes. Dios... lo desesperada que debió sentirse.*
Ariel soltó una carcajada amarga. Sabía que esto que estaba viviendo era apenas una pequeña fracción del infierno por el que habían hecho pasar a su hermana biológica.
Por fin entendió la mirada vacía y desolada que Mila le dirigió el día que la entregaron a la policía. Era una mirada de quien había perdido la fe en todo.
—Mamá, ven conmigo —le suplicó Ariel a Blanca, con determinación en la voz—. Hemos cometido demasiados errores, pero si damos la vuelta ahora, tal vez haya salvación. Vamos juntos a pedirle perdón a Mila. Vamos a pagar por lo que le hicimos.
El corazón de Blanca dio un vuelco. Abrió la boca para hablar, pero al ver el rostro demoníaco de Esteban a su lado, bajó la mirada, muerta de miedo.
Al ver su reacción, Ariel suspiró. Sabía que no podía obligarla.
—Cuídate mucho, mamá. A partir de hoy, esta familia no significa nada para mí.
—¡Largo! ¡LÁRGUENSE TODOS!
Cuando Ariel se dio la vuelta y cruzó la puerta, Esteban perdió el control por completo y empezó a patear y destrozar los muebles de la sala a su alrededor.
—¡Maldita seas, Mila! ¿¡Qué le hiciste a mi hijo para que se volviera en mi contra!? —bramaba, temblando de pies a cabeza—. ¡Te voy a destruir, te lo juro por Dios que te voy a destruir!
Justo en medio de su rabieta, Antonio, el mayordomo, se le acercó con una actitud glacial.
—¿Y tú qué quieres? —le gritó Esteban.
Antonio sonrió con cortesía profesional y le tendió una hoja de papel.
—Señor Quiroz, este es el inventario de los daños. Le pido que pague por los muebles que acaba de destruir. Aquí tiene la cuenta.
Las pupilas de Esteban se contrajeron al máximo. El impacto de la insolencia fue tan brutal que se quedó sin aire, los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó en el suelo, desmayado.
—¡Papá!
—¡Mi amor!
Luna y Blanca corrieron a socorrerlo.
Antonio se dio la media vuelta, completamente indiferente, sacó su teléfono y le envió un reporte detallado a Mila.
Al leer los mensajes sobre el drama en la casa, Mila esbozó una pequeña y letal sonrisa.
*Parece que el plan funciona a la perfección. Esteban y Ariel ya rompieron lazos. La caída de los Quiroz acaba de empezar.*

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