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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 295

Nuno miró fijamente a Sebastián y negó lentamente con la cabeza.

—¿Acaso crees que sacrificarte por tu jefe te hace un héroe?

Sebastián se quedó desconcertado y se apresuró a justificarse.

—Don Nuno, no es eso. Pero es mejor que muera uno a que muramos los dos. Es pura lógica: yo hago de carnada y le compro tiempo para que escape.

—Basta —Nuno le puso una mano firme sobre el hombro, su voz sin dejar lugar a dudas—. Si te uso como escudo para salvar mi propio pellejo, seré un cobarde que no merece estar al mando.

—Sebastián, conozco tu lealtad.

—Pero no tienes que demostrármela con tu vida.

Los ojos de Sebastián se llenaron de lágrimas.

—¡Don Nuno, hace años, de entre tantos candidatos, usted me eligió a mí! ¡Esta vida ya se la entregué desde hace mucho!

—Cállate y no hables estupideces.

¡PUM!

La vieja puerta de madera improvisada fue pateada y se estrelló contra el piso de cemento, levantando una nube de polvo.

Sebastián reaccionó por puro instinto y se interpuso frente a Nuno.

—¡¿Quiénes son?!

Por la entrada destrozada, varias figuras corpulentas irrumpieron en la obra negra, bloqueando cualquier salida.

—Vaya, don Nuno, sí que nos hizo sudar para encontrarlo —dijo un hombre calvo que iba al frente, acariciándose la cabeza mientras los miraba con sed de sangre—. Jamás imaginé que se meterían en el Río Claro para escapar.

—Tener los cojones para nadar contra la corriente y esconderse en este agujero... Mis respetos, don Nuno, es usted de los duros.

—Pero mi jefe nos pagó por su cadáver, así que...

El calvo hizo un gesto con la mano y sus hombres desenvainaron machetes y navajas, sonriendo con malicia mientras acorralaban a sus presas.

—No sé cuánto les pagó su jefe, pero yo les doy el doble —Nuno entrecerró los ojos. A pesar de estar a un paso de la muerte, mantenía una calma aterradora—. Ustedes se juegan la vida por dinero, ¿o no? Yo puedo hacerlos asquerosamente ricos. ¿Por qué rechazar un buen trato?

—¡Jajaja! —el calvo soltó una carcajada antes de que su mirada se volviera gélida—. Don Nuno, nosotros hacemos el trabajo sucio, pero tenemos códigos. Si cada vez que acorralamos a una presa dejamos que nos compre, nuestro prestigio se iría a la basura.

—El dinero es hermoso, sí, pero prefiero tener clientes leales que me paguen toda la vida.

Apenas terminó de hablar, Nuno se lanzó hacia adelante con una velocidad explosiva y le asestó un puñetazo directo a la cara.

El calvo abrió los ojos desmesuradamente, aterrorizado. No podía creer que un hombre que parecía al borde del colapso tuviera tanta fuerza bruta.

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