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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 300

Héctor se puso de pie, se sacudió el polvo de la ropa con dignidad forzada y volvió a sentarse en su silla.

Había bajado los brazos. Si iba a caer esa noche, al menos quería hacerlo sin arrastrarse.

—El accidente de auto de hace años... Sí, yo lo ordené —dijo Héctor, con el tono aburrido de quien cuenta una anécdota sin importancia.

Tal vez porque ya no tenía escapatoria, o porque su ego necesitaba presumir lo brillante que fue su plan, decidió confesar.

Las pupilas de Nuno se contrajeron. En un parpadeo, acortó la distancia y le conectó una patada brutal en pleno pecho.

El impacto sonó como un latigazo.

Héctor escupió sangre, cayendo al suelo. Nuno había pateado a matar.

Aun así, Héctor se limpió la boca, sonriendo con malicia.

—Verte perder la cordura hace que todo esto valga la pena. Podré haber perdido la empresa, pero me llevo el premio mayor: dejar una herida abierta en tu alma que jamás va a sanar.

—Quiero que recuerdes cada maldito día de tu vida, que fui yo quien mandó al matadero a tu madre.

—¡Infierno maldito! —rugió Nuno, cerrando el puño para destrozarle la cara.

Pero una mano se interpuso en el aire y detuvo el golpe. Era Mila.

El puñetazo llevaba tanta fuerza que a Mila le ardió la palma de la mano al recibir el impacto. Si ese golpe hubiera dado en el cráneo de Héctor, lo habría matado en el acto.

—Nuno. ¿No quieres escuchar toda la historia? Si le das ese golpe, no volverá a abrir la boca.

La voz firme de Mila fue como un balde de agua fría sobre la locura de Nuno, haciéndolo retroceder un paso y bajar el puño.

—Tío Héctor... —Mila lo miró con asco—. ¿Por qué provocaste ese choque? Hasta donde sé, el padre de Nuno fue un buen hermano contigo.

—¿Cómo pudiste ser tan miserable como para mandar asesinar a su esposa?

—¡Patricio era un hipócrita! —Héctor escupió, con el rostro rojo de resentimiento—. Todo ese cuento de que me trataba bien no eran más que migajas para tenerme contento y asegurarse de que no le peleara la cabeza de la familia.

—Organicé el accidente porque quería verlo revolcarse en el infierno por el resto de su vida.

—Eso no es todo, ¿verdad? —insistió Mila, leyendo la envidia enfermiza en los ojos del hombre—. Nuno también iba en ese auto. Tú querías arrebatarle a Patricio absolutamente todo.

—¡Exactamente! —Héctor escupió la verdad sin filtros. Había cargado con ese veneno tantos años, que soltarlo era un alivio—. ¡Quería dejarlo vacío! ¡Quería que se pudriera en remordimiento hasta su último suspiro!

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