—Corina, la señorita Luna tiene razón —Luna levantó la mano para secarse el rastro de lágrimas de los ojos, forzando una sonrisa pálida—. Al fin y al cabo, solo soy una intrusa que robó el lugar de otra. Fui demasiado codiciosa al desear el amor de mi padre y mis hermanos.
Al ver a Luna con esa expresión de haber sufrido la mayor de las injusticias, pero obligándose a sonreír, a Corina Vega se le partió el corazón.
—Luna, no llores —la protegió con ternura—. Que tus padres y tus hermanos te quieran es lo que te mereces. No dejes que las palabras de esta mujer te afecten.
Corina cambió el tono y fulminó a Mila con la mirada.
—Tú habrás sufrido durante más de diez años, pero, ¿qué culpa tiene Luna de eso? Cuando las intercambiaron al nacer, ella era solo una bebé, ¿acaso podía hacer algo? Solo se puede decir que fue tu destino. Si tienes mala suerte en la vida, ¿a quién más puedes culpar?
Plaf, plaf, plaf.
Antes de que Mila pudiera abrir la boca, unos aplausos lentos y rítmicos resonaron de repente, cortando de tajo el bullicio de la sala de reuniones.
Todos giraron la cabeza instintivamente hacia la puerta, donde una figura alta y esbelta apareció a contraluz.
El hombre irradiaba un aura tan asfixiante que la respiración de todos los presentes se detuvo por un segundo. Su imponente presencia dominaba por completo el lugar.
—El prestigio de la Corporación Quiroz realmente me deja sin palabras. Eso de culpar a la víctima lo interpretas a la perfección, y más siendo una alta ejecutiva.
—¡¿Don Nuno?! —Corina se quedó helada—. ¿Qué hace usted aquí?
Nuno Páez avanzó con paso firme, su mirada pasó por encima de todos hasta posarse con precisión en Mila.
—Naturalmente, vine a recoger a mi esposa.
La palabra esposa cayó como un trueno, golpeando con fuerza el corazón de Corina.
Aunque había rumores sobre un compromiso entre la familia Quiroz y la familia Páez, esto se limitaba a un círculo muy cerrado y aún no había llegado a oídos de alguien del nivel de Corina. Al escuchar esa palabra, incluso dudó si el hombre frente a ella era un impostor.
¿El mismísimo Verdugo de Valle Plateado, el intocable Don Nuno que nunca se acercaba a las mujeres, estaba admitiendo su compromiso con Mila Quiroz?
—¡Imposible! —Corina reaccionó de golpe, señalando a Mila con furia—. ¡Mila Quiroz! ¡¿Qué trucos sucios usaste para robarle el compromiso que le pertenecía a Luna?!
—¡Aunque el compromiso entre las dos familias exista, jamás recaería en alguien como tú!
Un destello de burla cruzó los ojos de Mila. Empezaba a dudar de la inteligencia de Corina; quizás la actitud de mosca muerta de Luna le había lavado tanto el cerebro que ya no distinguía el bien del mal.
—Directora Vega, el interesado está justo aquí. ¿Por qué no le pregunta usted misma a Don Nuno por qué me eligió a mí?

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