Diez minutos después, en el vestíbulo de Plaza Pegaso.
Mila Quiroz, parada en medio de la multitud, se frotó la frente con resignación. Había calculado mil escenarios, pero jamás imaginó que el precio del que hablaba Nuno Páez sería acompañarlo de compras.
—Mila Quiroz, somos esposos legales —dijo Nuno como si fuera la cosa más obvia del mundo, con un tono que no admitía discusión—. Para que mi abuelo no sospeche, a partir de hoy, viviremos juntos.
Mila lo miró fijamente sin expresión, con los ojos llenos de una protesta silenciosa.
Nuno la ignoró y continuó.
—La casa ya está lista. Solo necesitamos comprar algunas cosas de uso diario... —se acercó de repente, su aliento cálido rozó la oreja de Mila, y su voz se volvió grave y sugerente—. Tú lo dijiste, si vamos a fingir, lo haremos bien.
Mila dio medio paso atrás, marcando distancia.
—Don Nuno, según esa lógica, ¿no deberíamos también organizar una boda inmensa y dar un gran banquete? ¿Está seguro de que quiere llevar el teatro tan lejos?
—Sé que lo que dije antes fue un poco insolente y me disculpo. Pero mudarnos juntos... es totalmente innecesario.
Ella creyó que su comentario sobre usarlo como escudo había provocado el orgullo de este hombre. Al fin y al cabo, el ego del Verdugo de Valle Plateado debía ser gigantesco.
—Mila, el acuerdo prenupcial no prohíbe que vivamos juntos. Y, por supuesto, aunque compartamos techo, cada quien estará por su lado —Nuno fue tajante—. En cuanto a la boda y el banquete, ya hablé con mi abuelo. No habrá nada durante el primer año.
—¿Ah, sí? —Mila levantó una ceja—. ¿Y cómo convenció a su abuelo?
—Le dije que un astrólogo leyó mis cartas y advirtió que este año es de mala suerte para casarme.
Mila:
—...
Definitivamente, entre más dinero tiene una familia, más supersticiosa se vuelve.
—Mila Quiroz, no puedes escapar —Nuno la miró como si observara a una presa atrapada en su red—. Ya que te atreviste a aliarte conmigo, no tienes opción de negarte. A menos que... quieras que esta arma se vuelva en tu contra.
Mila observó esos ojos insondables y entendió todo. Este hombre, para lograr sus objetivos, realmente era capaz de cualquier cosa.
—De acuerdo. Si quiere jugar así, adelante —al final, ella no tenía nada que perder.
Dicho esto, se dio la vuelta y empezó a caminar.
—¿A dónde vas?
Mila se detuvo un momento y, sin mirar atrás, agitó la mano.
—Don Nuno, acepté venir de compras, pero nunca dije que teníamos que caminar juntos, ¿o sí?
Nuno se quedó atónito. Al ver su silueta alejarse con tanta confianza, por un momento no supo qué decir.
En fin, todos los caminos llevan a Roma. Al final del día, tendrían que volver a la misma casa.
—Mila Quiroz, voy a desenterrar cada uno de los secretos que escondes, uno por uno —murmuró, mirándola alejarse con una mirada profunda.
Mila caminó sin rumbo fijo, solo quería estar lo más lejos posible de ese hombre tan peligroso.
Sin darse cuenta, se detuvo frente a una joyería de decoración lujosa.

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