Un silencio de muerte.
Toda la tienda quedó sumida en un silencio sepulcral, casi irreal.
¡El mismo Julián que hace unos segundos gritaba amenazas de muerte acababa de caer de rodillas al suelo!
El puño de Mónica, que estaba listo para atacar, se quedó congelado en el aire. Estaba completamente confundida.
A Rafael casi se le salen los ojos de las órbitas, y soltó un grito estridente:
—¡¿Hermano?! ¡¿Te volviste loco?! ¡¿Por qué diablos te arrodillas ante ella?!
¡Plaf!
La respuesta fue una bofetada brutal que Julián le cruzó en la cara.
—¡Cállate! Pedazo de idiota, ¡¿tienes la menor idea de con quién te acabas de meter?!
El golpe fue tan fuerte que a Rafael le quedaron zumbando los oídos. Se agarró la mejilla y preguntó, aturdido:
—¿C-Con quién?
—Mi esposa.
Una voz grave y magnética cortó el ambiente desde la puerta, envolviendo el lugar con un aura asfixiante que bajó la temperatura de la tienda hasta congelarla.
Nuno Páez entró a paso firme. Su presencia era tan imponente y afilada como una espada, la presión inconfundible de alguien que estaba por encima de todos.
Rafael se puso a temblar de pies a cabeza. El último hilo de cordura que le quedaba se rompió por completo, y su voz tembló como una hoja al viento:
—¿D-Don Nuno? ¿Está diciendo que... Mila Quiroz es... su esposa?
Nuno ni siquiera se dignó a mirarlo. Solo miró de reojo a Valeria, que temblaba en un rincón, y dijo con un tono helado:
—¿Qué pasa? ¿Acaso la señorita Lira no te lo dijo?
Esa simple mirada hizo que los ojos de Rafael se abrieran de golpe. La comprensión lo golpeó de lleno.
El terror absoluto se transformó en rabia pura. Se dio la vuelta y, con todas sus fuerzas, le soltó una bofetada tremenda a Valeria.
—¡Perra! ¡¿Sabías que ella estaba con Don Nuno y no dijiste nada?! ¡¿Te atreviste a usarme de escudo?!
—Rafa, yo... no fue mi intención, déjame explicarte... —Valeria no prestó atención a su mejilla hinchada e intentó agarrarlo del saco con desesperación.
Si la familia Solís les guardaba rencor, ¡la familia Lira estaba acabada!
—¡Lárgate! —Rafael la pateó lejos y le dio otra bofetada, con el rostro retorcido de furia—. ¡Zorra! ¡Toda tu maldita familia... está muerta!
—¡No, por favor! ¡Rafa, perdóname! —Valeria suplicaba y lloraba llena de desesperación.
Sin embargo, la frialdad en los ojos de Nuno no disminuyó ni un poco. La presión invisible que ejercía hizo que Julián, quien seguía arrodillado, sintiera que el corazón se le iba a salir del pecho.
En su mente, Julián maldecía a su estúpido hermano mil veces por segundo. Ya no le importaba si el inútil sufría; solo quería evitar que el Verdugo se enfureciera por completo.

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