Blanca se tensó y su mirada vaciló con evidente culpa, pero rápidamente la ocultó tras una máscara de indignación.
—¡De qué sirve sacar el pasado! Sí, te debíamos algo, pero tu padre te dio cien millones, ¿no? ¡¿Eso no fue suficiente para cerrarte la boca?!
—De acuerdo —Mila se dio la vuelta hacia la sala, con un tono tan frío que asustaba—. Entonces te doy cien millones, y mando a Luna Quiroz a la cárcel por unos años. ¿Qué te parece?
—¡Estás loca! —Blanca gritó histérica, abalanzándose sobre Mila para agarrarla de la ropa—. ¡Luna es una señorita delicada, no puede ir a un lugar así! ¡Mila Quiroz, ya basta!
—Suéltame —Mila giró la cabeza, fulminándola con una mirada aterradora.
Blanca tembló de miedo y la soltó instintivamente.
—¿No dijiste que le quería robar las cosas a Luna? Perfecto, llamemos a la policía —Mila sacó su celular y marcó rápidamente el 911—. Dejemos que las autoridades decidan quién le está robando a quién.
—¡¿A la policía?! —Blanca palideció e intentó arrebatarle el teléfono, pero Mila la esquivó con agilidad.
—¡Mila! ¡¿No tienes vergüenza?! La familia Quiroz tiene prestigio, los trapos sucios se lavan en casa. ¡¿Vas a hacer que seamos el hazmerreír de toda la alta sociedad?! —le reprochó Blanca a gritos—. ¡Cuelga ese teléfono ahora mismo!
—Lo siento, pero odio que me amenacen —Mila esbozó una sonrisa cargada de ironía y, frente a ella, presionó el botón de llamada.
—¿Hola? ¿911? Quiero reportar un robo. Alguien entró a mi propiedad y se llevó joyas valoradas en más de un millón.
Blanca y Luna se quedaron petrificadas. ¡Esa demente de verdad había llamado a la policía! ¡Y encima se atrevía a hacerse la víctima!
—Antonio, vigila a la sospechosa. Si dejas que se escape, tú serás el responsable —ordenó Mila con una autoridad aplastante.
Antonio, que no se atrevía a llevarle la contra, hizo una señal a los guardaespaldas para que rodearan a Luna de inmediato.
—¡Mila Quiroz! ¡¿Qué te pasa?! —Blanca temblaba de furia—. ¡No solo le quieres quitar sus cosas, sino que ahora difamas a Luna! ¡Qué alma tan retorcida y venenosa tienes!
—¿Venenosa? —Mila soltó una carcajada seca—. Señora Quiroz, hace cuatro años, cuando me enviaron a prisión, no les pareció que estaban siendo venenosos, ¿verdad?
—Mamá, ya no las quiero... —Luna lloraba a lágrima viva, pareciendo sufrir la peor de las injusticias—. Me encantaron los regalos que me dieron papá y mi hermano, pero por el bien de esta familia, para que tú y ella no se peleen, te prometo que renuncio a todo...
—¡Ay, Luna! ¡Eres tan noble! —A Blanca se le partía el corazón y le caían las lágrimas; luego se giró para mirar a Mila con odio visceral—. ¡Algunos nacen siendo escoria malagradecida! Luna, no tengas miedo. Como esto te lo compraron tu papá y tu hermano, ¡ni el mismísimo diablo te lo podrá quitar!
Dicho esto, sacó su propio celular para llamar a Ariel Quiroz.
—¡Hijo! ¡Ven a la casa de inmediato! ¡Esa convicta malagradecida está humillando a tu hermana de la peor forma!

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