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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 84

—¡Mamá! ¡¿Cómo se le ocurre llamar a la policía?!

Ariel Quiroz apenas bajó del auto cuando las luces rojas de la patrulla le iluminaron el rostro, haciendo que su estómago se encogiera de golpe.

¡Esa loca de Mila! ¡En qué clase de problema los había metido para que la policía estuviera en la puerta de su casa!

Sin tiempo para pensar, entró casi corriendo a la sala.

—¡Hijo, llegas justo a tiempo! —Blanca se aferró al brazo de Ariel como si fuera un salvavidas y lo arrastró frente a los dos oficiales, elevando la voz—. ¡Díselo tú mismo! Esas joyas... las compraste para regalárselas a Luna, ¿verdad?

—¿Cuáles joyas? —Ariel frunció el ceño, completamente perdido—. Mamá, ¿de qué hablas? ¡No entiendo nada!

—Hijo, ¿el trabajo te fundió el cerebro? —Blanca le dio un golpecito en el brazo, desesperada—. ¡Hablo de las joyas que le compraste a Luna! ¡Mila insiste en que son suyas y ahora llamó a la policía para acusar a Luna de robo!

El rostro de Ariel cambió drásticamente. ¡Maldición!

—Mamá, yo... yo no le compré... —se detuvo en seco al darse cuenta de la gravedad del asunto y corrigió de inmediato—. ¡No! ¡Sí! ¡Esas joyas... yo las compré!

Entendió que si lo negaba en ese momento, el cargo de robo contra Luna sería irrefutable.

—¡¿Lo escucharon?! —Blanca no notó el pánico en los ojos de su hijo, sintiéndose llena de confianza. Se giró hacia los oficiales con actitud soberbia—. Oficiales, ¡todo está clarísimo! ¡Esos accesorios son el regalo de mi hijo para su hermana! ¡Exijo que castiguen severamente a esta inútil por hacer un reporte falso y calumniar a mi hija!

—Mamá, Mila... tal vez no lo hizo a propósito —Ariel soltó una risa nerviosa y miró rápidamente a Mila Quiroz, intentando calmar la situación.

Mila se había mantenido en silencio, apoyada casualmente en el marco de la puerta. Una sonrisa fría y burlona asomaba en sus labios, y sus ojos, como cuchillos de hielo, lo escanearon de pies a cabeza con desprecio.

Esa mirada lo hizo sentir como si estuviera presenciando una obra de teatro ridícula.

Ariel sintió un escalofrío. Dio un paso adelante e intentó tomarla del brazo, pero Mila lo esquivó con agilidad.

—Ariel Quiroz... —habló en voz baja, con un tono gélido y juguetón—. ¿Estás completamente seguro de que cada palabra que acabas de decir es cierta? El perjurio se paga con cárcel, ¿sabes?

—¡Mila! ¡Ya basta! —Ariel bajó la voz, mirándola casi con súplica—. Somos familia, ¿qué necesidad hay de llevar esto a la policía y hacer el ridículo frente a todo el mundo? ¡Podemos arreglarlo en privado!

Mila soltó una carcajada que sonó como cristales rompiéndose.

—¿El ridículo? Ariel, fue tu propia madre quien exigió a los oficiales que me castigaran se-ve-ra-men-te por este supuesto "reporte falso y difamación". ¿Te parece que estoy jugando?

—¡¡Mila!! —Ariel apretó la mandíbula, las venas de su frente palpitaban mientras la fulminaba con la mirada—. ¡¿Acaso no puedes vivir en paz?! ¡¡Todo esto es un simple malentendido!!

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