—¡¡Ahhh!!
Blanca Quiroz, que apenas iba llegando a las escaleras, vio impotente cómo Luna caía rodando, sintiendo que el alma se le escapaba del cuerpo.
—¡¡Luna!! —gritó despavorida y corrió hacia ella, tomándola en brazos—. ¿Estás bien? ¡Luna!
—Mamá, estoy bien... —Luna estaba pálida por el dolor y tenía lágrimas asomándose en los ojos, pero fingió ser la niña más fuerte y comprensiva del mundo—. No es culpa de la señorita Mila, yo fui la descuidada y me resbalé sola.
Mila observaba toda la escena desde lo alto de las escaleras, con una sonrisa fría en el corazón.
De nuevo el mismo teatrito barato.
Pero fue exactamente ese teatrito barato el que la hizo vivir un verdadero infierno hace cuatro años.
Un jarrón roto del que la culparon, cortes en la piel que Luna se hizo a sí misma asegurando que Mila la había atacado por celos... En aquel entonces, Mila suplicó y trató de explicarse, pero nada sirvió contra las lágrimas de cocodrilo de Luna. Lo único que consiguió fueron los insultos y el odio interminable de sus padres y hermanos biológicos.
—¡¡Mila Quiroz!! —el grito furioso de Blanca cortó el aire de la casa.
—¡¿Cómo puedes ser tan mala?! ¡¿Empujaste a Luna por las escaleras?! ¡¿Acaso pasar cuatro años en ese lugar no te quitó la maldita costumbre de lastimar a los demás por la espalda?!
Mila sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Antonio, trae a Luna Quiroz de vuelta aquí arriba.
—¡Sí, señorita!
Antonio no dudó ni un segundo. Se acercó a Luna y la arrastró a la fuerza hacia el segundo piso.
—¡Antonio, ¿acaso te volviste loco?! ¡¿Ya no me respetas como la señora de esta casa?! —gritó Blanca desesperada, intentando detenerlo, pero no fue rival para la fuerza del mayordomo.
Luna también entró en pánico, incapaz de adivinar qué planeaba hacer Mila.
—Señorita Mila, yo... yo...
—Luna Quiroz, ¿no acabas de decir que fui yo quien te empujó?
Mila la agarró del hombro con firmeza y la arrastró hasta el borde del escalón. Sus ojos, profundos y oscuros, destilaban un frío que calaba hasta los huesos.
—Señorita Mila, tú... tú no me empujaste... —Luna ahora sí estaba muerta de miedo. En los ojos de Mila solo veía una locura pura y aterradora.
—No... —una sonrisa despiadada se dibujó en los labios de Mila—. Fui yo.
¡Y antes de que Luna pudiera reaccionar, Mila la empujó con fuerza hacia el vacío!
—¡¡Ahhhh!!
Esta vez, el grito de Luna fue de pánico y dolor genuino.
Perdió el equilibrio por completo y rodó con violencia por los escalones.
Hace un momento, la caída había sido fríamente calculada para no sufrir daños graves.
Pero ahora...
¡PAM!

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