Mila analizaba una y otra vez la red de contactos de Héctor, pero todo estaba anormalmente limpio.
—Si Beatriz no hubiera confesado en su momento que la persona detrás de todo era alguien con muchísimo poder, jamás habría pensado en la familia Páez. Y viendo los resultados, Héctor es, sin duda, el mayor beneficiado —murmuró Mila, apoyando la barbilla sobre sus manos entrelazadas, con la mirada ensombrecida.
—Uf, si no fuera porque necesito que Nuno Páez sea un arma más afilada para mí, de verdad que no me metería en este lío.
Se frotó el puente de la nariz y volvió a mirar la pantalla. De pronto, su vista se clavó en un nombre: Julen.
—¡Un momento!
Sus dedos volaron sobre el teclado, abriendo el expediente completo de aquel hombre.
—Julen... en apariencia, el chofer personal de Héctor Páez. Hace cuatro años, él se encargaba de todos sus traslados. Pero, qué casualidad, poco después de aquel accidente, falleció en un 'accidente laboral'...
Demasiada casualidad.
Y cuando las casualidades se acumulan, se vuelven certezas.
Mila no dejó escapar esa chispa de intuición. Tirando del hilo de Julen, comenzó a burlar cortafuegos y a desencriptar archivos a una velocidad vertiginosa.
Por fin, encontró una anomalía en los movimientos bancarios tras la muerte del chofer: en su red de contactos, de la nada, había aparecido un hombre llamado Julio.
Si no fuera por sus habilidades de hacker de élite, jamás habría detectado a ese fantasma.
Mila dejó escapar un suspiro de alivio. Sus dedos bailaron por última vez para borrar cualquier rastro de su intrusión y cerró la computadora.
Lo que hubiera pasado entre Julio y Julen, y si ese secreto sería la navaja que terminaría cortándole el cuello a Héctor Páez, ya no era su problema.
Que Don Nuno se rompiera la cabeza con el resto.
Al mirar la hora, notó que ya estaba anocheciendo. Era el momento de irse a esa dichosa 'casa de recién casados'.
Solo de pensarlo, sintió un escalofrío.
¿Quién iba a imaginar que terminaría viviendo bajo el mismo techo que El Verdugo de Valle Plateado?
El teléfono vibró sobre la mesa, rompiendo el silencio.
Pensó que sería Mónica Centeno, pero el remitente era Nuno Páez.
Nuno: Ya llegué.
Mila: ¿Tan desocupado está Don Nuno?
Nuno: Sal.
El mensaje era frío, tajante, sin una sola palabra de más, bloqueando cualquier intento de sarcasmo.
Mila soltó un chasquido con la lengua, tomó su maleta y salió de la habitación.
La casa estaba en silencio. Seguramente Blanca Quiroz y su hija se habían ido al hospital, y Ariel Quiroz estaría en alguna reunión de negocios.
—Antonio, me ausentaré por un tiempo. Sin embargo, el segundo piso sigue siendo mi área privada. No quiero que nadie ponga un pie allí.
—Como ordene, señorita Mila. Yo me encargaré de vigilarlo —respondió el mayordomo, inclinándose con el mismo respeto que le daría al líder de la familia.
Afuera, un Maybach negro aguardaba estacionado como una bestia al acecho.
Sebastián, el asistente, fue el primero en notar su presencia. Bajó del auto de inmediato y guardó el equipaje en el maletero.
Mila abrió la puerta y se sentó directamente al lado de Nuno Páez.

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