Diez minutos después.
En la habitación principal, Mila y Nuno se enfrentaban en un tenso silencio.
Mila estaba tirada cómodamente en un sillón individual, apoyando la barbilla en su mano. Sus ojos brillaban con pura malicia.
—Don Nuno, empiezo a sospechar que planeaste todo esto.
Los ojos de Nuno se oscurecieron y su voz se volvió más grave.
—¿De verdad crees que yo armé este circo, Mila Quiroz?
—¿Y qué otra explicación hay? —Mila suspiró y abrió los brazos—. Qué casualidad que el abuelo vino de visita. Qué casualidad que decidió quedarse a dormir. Y qué gran casualidad que ahora estemos tú y yo encerrados en el mismo cuarto.
De pronto, una sonrisa seductora y peligrosa se dibujó en sus labios.
—Pero te entiendo. Digo, llevas tantos años haciéndote el santo y ahora... tienes a una esposa de mentira servida en bandeja de plata. Es la excusa perfecta para 'liberar tensiones', ¿no?
—¡¡Mila!!
Nuno gruñó, perdiendo el último rastro de paciencia.
En un abrir y cerrar de ojos, se abalanzó sobre ella. Sus dedos largos y fuertes se cerraron alrededor del frágil cuello de la chica.
—Estoy empezando a arrepentirme de haber firmado ese trato contigo —dijo el hombre. La furia hervía en sus ojos y las palabras salían apretadas entre sus dientes.
Mila no mostró ni una pizca de miedo. Al contrario, lo miró desafiante.
—Ups, el contrato ya está firmado. Don Nuno no puede echarse para atrás.
Nuno parecía un león enfurecido. Le bastaba aplicar un poco de presión para romperle el cuello.
Pero se estaba conteniendo.
A Mila le fascinaba jugar en el borde del abismo. Ver al temible Verdugo tan desesperado, furioso y a la vez incapaz de hacerle daño, la ponía de excelente humor.
¡Zas!
Mila levantó la mano y apartó los dedos de Nuno de un manotazo limpio.
—Ya, suficiente drama. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Nuno respiró hondo, tragándose la ira que le quemaba el pecho, y respondió con frialdad:
—El abuelo tiene rutinas estrictas. En una hora estará profundamente dormido. Cuando eso pase, te escabulles y te vas a dormir al cuarto de invitados.
—¿Disculpa? —Mila parpadeó, haciéndose la inocente—. ¿Y por qué no te vas tú al cuarto de invitados?
—¡¡Porque esta es mi casa!! —A Nuno le latía una vena en la sien. ¿De qué material estaba hecha la cara de esta mujer para ser tan descarada?
—Ah, bueno, en ese caso... —Mila se levantó del sillón, caminó directo hacia la enorme cama matrimonial y se dejó caer sobre el colchón, hundiéndose en las almohadas—. Aquí estoy perfecta. Dormir al lado de un hombre tan guapo no es ningún castigo.
—¡Tú...!
Nuno se llevó la mano a la frente. Una sensación de absoluta impotencia lo invadió.
Él era un gigante en el mundo de los negocios. Tanto los empresarios como los mafiosos le temían. Pero frente a esta mujer, era como golpear una pared de humo; no había forma de ganar.
No podía matarla. ¡Y tampoco podía golpearla!
No había traído a una esposa por contrato a su casa, había traído a un verdadero demonio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada