Al escuchar esas palabras, en lugar de sentir celos, Katia se tensó al instante.
—¿Dónde estás? Voy por ti.
Mila le dio la dirección y corrió a la habitación principal para sacar su laptop.
Sus dedos volaban sobre el teclado. Usando sus habilidades, burló los cortafuegos y entró a la red interna de la familia Centeno como si estuviera en su propia casa.
Los datos que aparecieron en la pantalla confirmaron la horrible verdad:
Máximo Centeno, el líder de la familia, había sufrido una crisis renal severa dos días atrás y estaba internado en la unidad de cuidados intensivos del hospital.
La única forma de salvarlo era con un trasplante de riñón.
Toda la familia Centeno se había hecho las pruebas, pero nadie era compatible.
Entonces, se acordaron de Mónica, a quien habían tratado como basura y marginado durante años. Fueron a cazarla y le hicieron los exámenes a la fuerza.
El resultado: los riñones de Mónica eran cien por ciento compatibles con Máximo Centeno.
Al pasar el dedo por la pantalla leyendo el reporte, Mila apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos le tronaron. En sus ojos brilló una luz fría y asesina, como escarcha milenaria.
Mónica... Esa niña inocente que había sido utilizada como un peón en las guerras de poder de su familia, que había sido condenada a cuatro años de prisión por un crimen que no cometió.
Recién había conseguido su libertad. Pensaba que por fin había cortado los lazos con esos parásitos para hacer su propio camino.
Y ahora, esos vampiros asquerosos querían exprimirla hasta dejarla seca.
—La familia Centeno... dan asco —Mila dibujó una sonrisa cruel. Su instinto asesino estaba al límite—. Si se atreven a tocar a Moni, juro que borraré el apellido Centeno de Valle Plateado.
Marcó el número de Enrique y su voz sonó como hielo puro:
—Pon a tus hombres en alerta máxima.
Al otro lado de la línea, Enrique dejó de respirar. A través del teléfono podía sentir la rabia de su jefa, una furia capaz de incendiar el mundo entero.
—Jefa, ¿qué ocurrió?
—Es muy probable que hoy destruya a la familia Centeno —Mila entrecerró los ojos—. Pero tranquilo, no voy a actuar a lo loco. Movilizar a la gente de Elena es mi último recurso. Solo te aviso para que estés preparado.
—No diga más, jefa. Usted es la heredera elegida por Elena. Si da la orden, mis hermanos y yo caminaremos por el fuego sin dudarlo.
Al colgar, Mila sintió un nudo en el estómago.
El ejército que Elena había dejado en las sombras era inmenso. Suficiente como para darle pelea a los Páez si fuera necesario.
Pero era un arma de doble filo. Elena aún no había regresado. Si Mila mostraba sus cartas ahora, todas las ratas que se escondían en la oscuridad saldrían a morderlas y arruinarían el gran regreso de Elena.

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