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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 1005

Esa noche, Jairo asistió a una recepción.

El anfitrión era precisamente Brayan Treviño, el padre de Rebeca.

Como Jairo mantenía relaciones de negocios con la familia Treviño, naturalmente también había recibido una invitación.

En cuanto entró al salón, atrajo de inmediato numerosas miradas.

El elegante traje gris resaltaba su figura alta y erguida.

Sus modales eran serenos y refinados, y sus facciones marcadas y atractivas parecían impecables.

En especial, las mujeres solteras apenas podían apartar la mirada de él desde que apareció.

Todas habían conocido a muchos hombres provenientes de familias privilegiadas.

Sin embargo, eran muy pocos los que, como Jairo, reunían riqueza, atractivo y una capacidad sobresaliente.

Además, esta vez se había enfrentado por sus propios medios a toda la familia Quintana y había terminado imponiéndose.

Aquello no solo hizo que muchas personas comenzaran a verlo con otros ojos, sino que también despertó la admiración de aún más mujeres.

En cuanto Brayan vio a Jairo, se acercó rápidamente para recibirlo con entusiasmo.

—Bienvenido.

Jairo le estrechó la mano con cortesía y después saludó a la señora Treviño.

Rebeca se acercó sosteniendo ligeramente la falda de su vestido.

Era evidente que se había arreglado con especial cuidado.

Llevaba un vestido de gala morado y joyas de gran valor que la hacían lucir elegante y llamativa.

Brayan miró a Rebeca.

—Ven a saludar a Jairo.

Rebeca lo miró y esbozó una sonrisa perfectamente medida.

—Jairo.

En el pasado, ella también había intentado conquistarlo, aunque al final Mariana había sido quien terminó comprometiéndose con él.

Jairo apenas asintió.

Al verla, no mostró la menor emoción. Apartó la mirada enseguida, como si no quisiera dedicarle ni un segundo más.

Rebeca sintió una enorme frustración.

Había pasado todo el día arreglándose para esa noche.

Brayan comentó con una sonrisa:

—Ahora que lo pienso, tú y Rebeca iban en el mismo grado en la preparatoria.

Muchas personas estaban pendientes de ellos.

—¡Lo siento mucho!

Rebeca lo reprendió de inmediato:

—¿Qué clase de servicio es este?

El mesero se puso todavía más nervioso y no dejó de disculparse.

Rebeca se apresuró a decir:

—Jairo, de verdad lo siento. Ve un momento a la sala privada para que puedas arreglarte. Haré que te lleven ropa limpia.

Jairo se secó las manchas de la camisa con una servilleta.

—No hace falta.

Después se dirigió al baño.

Rebeca observó su espalda mientras se alejaba.

Desde que lo había visto el día anterior en el aeropuerto, había vuelto a sentirse profundamente atraída por él.

Y esa noche, al verlo todavía más distinguido y sobresaliente, solo quedó un pensamiento en su mente.

Aunque no pudiera casarse con él, le bastaría con pasar una sola noche a su lado.

Poco a poco, un plan todavía más atrevido comenzó a tomar forma en su mente.

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