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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 488

Capítulo 488 Héctor dijo:

—Adriana está bien. Ya no tienes que preocuparte.

Jairo respondió:

—Tiene un carácter muy terco. Siempre ha sido de las personas que más le temen al dolor, y esta vez fue capaz de lanzarse contra un carro por su cuenta.

Lo de Adriana no había sido un accidente.

Ella misma se había arrojado contra el vehículo.

Durante esos dos días, no había dejado de suplicarle a Jairo que no la mandara al extranjero. 1 No quería irse de Monteluz, mucho menos ver a Héctor y Julieta juntos.

Guadalupe intentó calmarla, diciéndole que primero saliera del país para evitar el escándalo y que volviera cuando Jairo arreglara todo.

Adriana lo entendía, pero la inseguridad que sentía en el fondo le impedía querer irse.

Héctor dijo:

—Busca a alguien que cuide bien de Adriana.

*** 4 Julieta pasó el día revisando un bloque de datos.

Alrededor de las tres fue a la revista de negocios y siguió ocupada hasta las ocho de la noche.

Fue entonces cuando sonó su celular.

Lo tomó y, al ver el nombre en la pantalla, contestó:

—¿Qué pasa?

La llamada era de Héctor.

—¿Sigues trabajando horas extra?

—Sí.

—Sofía sigue esperándote.

Solo entonces Julieta recordó que Sofía estaba enferma.

Le había prometido que iría a verla esa noche.

—¿Sofía ya está mejor?

Héctor respondió:

—Ya le bajó la fiebre, pero todavía tiene tos.

—Ahora no puedo irme. Todavía tengo trabajo pendiente. Dile a Sofía que mañana iré a acompañarla. 4 Al día siguiente era fin de semana, y ella también quería descansar un poco. 1 Del otro lado, Héctor guardó silencio durante un buen rato.

—Se lo diré a Sofía.

Julieta no pudo evitar quedarse desconcertada.

Que él se mostrara tan razonable le parecía demasiado extraño.

—Está bien.

—¿Dónde estás?

Julieta respondió:

—En la revista de negocios.

—Entonces sigue trabajando.

Julieta dejó el celular y solo entonces vio que Héctor ya le había mandado varios mensajes.

Hasta las nueve de la noche, todavía quedaba un último reporte por revisar.

Héctor dijo:

—No tengo prisa. Mañana vas a acompañar a Sofía, ¿no? Cuando termines de comer, esta noche vuelves a Costa Dorada.

—Todavía tengo cosas que hacer.

Héctor no parecía tener ninguna intención de irse.

Se sentó sin más en el sofá de al lado, sacó el celular y empezó a revisarlo.

Julieta frunció el ceño al verlo, pero dejó de prestarle atención.

Tomó una quesadilla de queso y le dio una mordida.

Con la otra mano movía el mouse, con la mirada concentrada en la pantalla de la computadora.

Héctor apartó la vista del celular y levantó los ojos hacia Julieta, que trabajaba con seriedad.

Antes, Julieta no era miope.

Pero después de tantos años de trabajo y estudio, aunque había cuidado mucho su vista, esta había ido disminuyendo.

Ahora ya tenía casi dos dioptrías de miopía.

Ese día llevaba puestos unos lentes con filtro de luz azul.

La luz de la computadora se reflejaba en los cristales, iluminando su expresión concentrada y el perfil fino y elegante de su rostro.

Su cabello largo caía sobre la espalda y dejaba al descubierto una orejа.

En el lóbulo, un arete de perla desprendía un brillo suave.

Llevaba un suéter azul de cuello alto, combinado con un collar de perlas.

Su porte era intelectual, elegante y sereno.

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