Después de cenar, el malestar en el vientre de Julieta se intensificó.
Quería fingir que no pasaba nada, pero su rostro no podía engañar a nadie.
Sergio manejó para llevarla de regreso.
Preocupado, le preguntó:
—¿No quieres ir al hospital para que te revisen?
Julieta respondió con el rostro pálido:
—No hace falta. Voy a acostarme y descansar.
En ese tipo de cosas, Sergio no podía hacer mucho. Solo aceleró un poco.
Al llegar a Cumbres del Valle, Sergio ayudó a Julieta a bajar del carro y la llevó hasta la sala.
En cuanto Jimena los vio, entendió de inmediato qué le pasaba a Julieta.
Se acercó rápidamente para sostenerla.
—¿Esta vez se te adelantó?
Julieta respondió:
—Más o menos.
Jimena miró a Sergio y lo saludó con cariño:
—Hace tiempo que no te veía. Estás más delgado.
Sergio sonrió.
—Es que no he dejado de pensar en los platillos que usted prepara.
—Claro. Mañana te preparo algo para que te repongas bien. Dime qué se te antoja y te lo hago.
—Lo que usted prepare me lo como. Pero ya no hablemos de eso. Primero ayude a Julieta a subir para que descanse.
—Está bien.
Jimena ayudó a Julieta a subir.
Julieta se cambió y se puso la pijama.
Jimena le preparó un té de canela bien calientito, la ayudó a acostarse y la cubrió bien con la cobija.
Julieta estaba acostada en la cama, bebiendo el té.
Sintió que el malestar ya no era tan fuerte.
Jimena se quedó un rato hablando con ella.
—Anteayer, cuando estaba arreglando tu cuarto, vi ese anillo de esmeralda con diamantes. ¿Te lo regaló Héctor?
Al escuchar eso, Julieta se quedó inmóvil un instante.
En ese momento, había dejado el anillo sobre la mesa y no lo había guardado.

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