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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 771

Julieta levantó la mirada hacia Héctor, que acababa de entrar.

Él caminó hasta la cama.

—Ya despertaste.

En ese momento, Julieta se veía especialmente tranquila.

Héctor volvió a preguntar:

—Dormiste bastante. ¿Te sientes mareada?

Julieta se frotó la cabeza.

—Un poco.

—Entonces levántate. Ya casi es hora de comer.

Julieta asintió.

Héctor apartó la cobija, la levantó de la cama y la llevó al baño, donde la sentó en un banco.

No llamó a ninguna empleada.

Abrió la llave.

El sonido del agua corriendo hacía que el amplio baño pareciera todavía más silencioso.

Héctor tomó una toalla, la mojó, la exprimió y se la acercó.

Julieta levantó la mirada hacia él y, al comprender lo que quería, la tomó para limpiarse el rostro.

Cuando terminó, Héctor volvió a enjuagarla y se la entregó para que se limpiara una vez más.

Los dos permanecieron en silencio, sin decir una sola palabra.

Cuando Julieta terminó de lavarse la cara, Héctor la cargó hasta el vestidor.

Tomó un cepillo y comenzó a peinarla, pero ella intentó detenerlo.

—Puedo hacerlo sola.

Héctor no le entregó el cepillo. Lo deslizó desde la raíz hasta las puntas.

Gracias a los cuidados constantes, el cabello de Julieta era suave y manejable, como una cascada oscura y sin frizz.

Le llegaba casi hasta la cintura y, de los hombros hacia abajo, caía formando ligeras ondas.

Julieta no volvió a decir nada.

Se limitó a mirar en el espejo al hombre que la peinaba en silencio y que después comenzó a recogerle el cabello.

Al notar sus movimientos, abrió la boca como si quisiera decir algo, pero al final guardó silencio.

El vestidor estaba tan tranquilo que se escuchaba con claridad el canto de los pájaros afuera.

Por la ventana entreabierta entraba una brisa ligera que movía suavemente el borde de su vestido.

Julieta permaneció sentada con la espalda recta, sin moverse, observando al hombre reflejado en el espejo.

Su atractivo rostro se veía sereno, aunque el cansancio era evidente entre sus cejas.

Sus ojos profundos y oscuros seguían siendo imposibles de descifrar.

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