En el edificio de Grupo Central, Miguel llevaba el almuerzo a la oficina del presidente.
Las puertas del elevador se abrieron.
Apenas salió, recibió un mensaje en el celular.
Lo sacó y descubrió que Adriana le había enviado una fotografía.
Todavía conservaba su contacto.
Como Adriana ya no podía comunicarse con Héctor, no tuvo más remedio que enviarle la foto a Miguel.
Él la abrió y, al reconocer a las personas que aparecían en ella, sus ojos se llenaron de desprecio.
Julieta de verdad no era una mujer decente.
Por un lado, disfrutaba de todo lo que Héctor hacía por ella y, por el otro, seguía comportándose de manera ambigua con Carlos.
Incluso estando enferma tenía ánimos para buscarlo.
Se notaba que no podía vivir sin tener a un hombre cerca.
Pocas mujeres podían compararse con ella en cuanto a artimañas y habilidad para manipular a los demás.
La intención de Adriana al enviarle la fotografía era más que evidente.
Por supuesto, Miguel no respondió.
Al fin y al cabo, entre Héctor y Adriana ya no existía ninguna relación.
Guardó el celular.
Cuando llegó a la oficina del presidente, acomodó el almuerzo sobre la mesa, pero no se retiró.
Héctor seguía concentrado en el trabajo.
Al levantar la mirada y verlo de pie frente a él, preguntó:
—¿Pasa algo más?
Miguel sacó el celular, abrió la fotografía y se lo entregó.
—Señor Héctor, vea esto.
Esperaba que por fin se diera cuenta de la clase de mujer que era Julieta.
Últimamente, por culpa de ella, toda la agenda de trabajo de Héctor se había visto alterada.
Héctor tomó el celular. En cuanto vio la fotografía, su mirada se ensombreció.
Volteó hacia Miguel.
—¿Quién te envió esto?
Al encontrarse con sus ojos, Miguel sintió un escalofrío.
No se atrevió a ocultárselo y bajó la mirada.
—La señorita Adriana.
Héctor le arrojó el celular.
—Deberías saber perfectamente qué asuntos te corresponden y cuáles no.
Miguel no se atrevió a defenderse.
—Sí, lo sé.
La voz de Héctor se volvió especialmente fría.
—¡Sal!


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