Julieta fue despejándose poco a poco y se dio cuenta de que no estaban en Cumbres del Valle.
No hizo ninguna pregunta.
Se incorporó y dejó que Héctor la ayudara a bajar del carro.
—Mamá —la llamó Sofía.
Julieta le tomó la mano y caminó con ella hacia el elevador, mientras Héctor las seguía.
Héctor ya había ordenado que llenaran la tina con agua caliente.
—Ve a darte un baño caliente —le dijo a Julieta.
Ella regresó a la habitación.
Cuando terminó de bañarse y apenas comenzaba a secarse el cabello, la puerta del baño se abrió desde afuera.
Julieta no le prestó atención y continuó usando la secadora.
Héctor se acercó por detrás, se la quitó de la mano y ajustó la temperatura.
—Déjame ayudarte.
Julieta bajó la mano y permitió que le secara el cabello.
Como lo tenía abundante, tardaría un poco en secarse por completo.
Héctor lo hacía con cuidado mientras sostenía un cepillo en la otra mano.
Sus movimientos eran muy hábiles.
Siempre que tenía tiempo, se encargaba de secarle el cabello a Sofía después de bañarse, así que, con los años, había adquirido bastante práctica.
El baño quedó sumido en silencio. Solo se escuchaba el ruido de la secadora.
Más de diez minutos después, Héctor la apagó.
—Listo.
Julieta se acomodó el cabello con una mano y se puso de pie.
—Gracias.
Héctor sonrió ligeramente.
—Es lo que me corresponde. No tienes que agradecerme.
Julieta lo miró y salió del baño.
Héctor fue detrás de ella.
Justo entonces, una empleada llegó con una taza de té de jengibre y dijo respetuosamente:
—Señor Héctor, señora Julieta, el té de jengibre ya está listo.
Héctor se acercó y recibió la taza.
La empleada inclinó ligeramente la cabeza y salió de la habitación.
Después de comprobar que la temperatura era adecuada, Héctor se la entregó a Julieta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera)