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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 908

Héctor se terminó los dos tamales.

Poco después, Sofía les hizo una videollamada.

Al verlos juntos, sonrió llena de alegría.

—Mamá, ya llegaste a Gran Bahía.

Julieta asintió.

—¿Ya desayunaste?

—Todavía no. ¿Qué están comiendo ustedes?

Conversaron durante un rato.

Al final, Héctor dijo:

—Ya ve a desayunar.

Sofía obedeció sin protestar.

—Ya no los molesto. Adiós, mamá.

—Adiós.

Cuando terminó la videollamada, ellos también habían acabado de comer.

Héctor le pidió al mayordomo Gregorio que retirara los platos y después entró al baño.

Menos de diez minutos más tarde, salió con una toalla alrededor de la cintura.

Su cuerpo aún estaba cubierto de gotas de agua y sus músculos bien definidos reflejaban una fuerza imponente.

Julieta estaba sentada en el sofá.

Al verlo acercarse poco a poco, sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.

Héctor llegó hasta ella, se inclinó y la levantó entre sus brazos.

—Tú...

Al notar lo nerviosa que estaba, la sonrisa de Héctor se acentuó.

La llevó hasta la cama y la recostó.

Apenas Julieta levantó la mirada, se dio cuenta de que la toalla que él llevaba alrededor de la cintura se había aflojado.

El rostro se le encendió al instante y todo su cuerpo se tensó.

Héctor se inclinó sobre ella.

Su cálido aliento la envolvió mientras la mantenía atrapada bajo su cuerpo.

Le rozó la mejilla con la punta de los dedos y preguntó con una risa baja:

—¿Tan nerviosa estás?

La empleada tomó su radio y se comunicó con las demás.

Algunas fueron a preparar el baño, otras comenzaron a ordenar la habitación y una más se encargó del desayuno.

Después de bañarse, desayunar y arreglarse, Julieta sintió que poco a poco recuperaba las fuerzas.

—El señor Héctor salió esta mañana. Puede pedirnos cualquier cosa que necesite.

Julieta asintió.

De pronto, sonó su celular.

Miró la pantalla y contestó.

La voz de Emanuel se escuchó al otro lado de la línea:

—¿Viniste a Gran Bahía?

—¿Cómo lo sabes?

Emanuel soltó una risa.

—Lo supuse.

Aquella mañana, cuando había visto a Héctor, lo había notado de un humor excepcionalmente bueno.

Ahora, al escuchar el evidente cansancio en la voz de Julieta, no le costó imaginar la razón.

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