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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 907

Julieta apoyó ambas manos en los hombros de Héctor y abrió los ojos con sorpresa.

Él la besó con tanta intensidad y urgencia que enseguida le alteró la respiración.

Al darse cuenta de que apenas podía respirar, Héctor se apartó un poco.

Julieta respiró agitadamente varias veces hasta que poco a poco logró recuperarse.

Antes de soltarla, él volvió a darle un suave beso en los labios.

Julieta, todavía sin aliento, lo miró con evidente descontento.

Héctor sonrió, le tomó la mano y dijo:

—Vámonos.

Los dos salieron del aeropuerto.

Una vez dentro del carro, Julieta lo examinó con atención.

Héctor se veía igual que siempre y no tenía ninguna señal de lesión en la frente.

Él sostuvo su mirada y sonrió.

—¿Qué pasa? ¿Ya tenías demasiado tiempo sin verme?

—Mejor dime dónde fue que te lastimaste en el accidente.

—Ya estoy bien.

Julieta lo observó durante unos segundos y después desvió la mirada hacia la ventanilla.

A esas alturas, ya no tenía sentido seguir preguntando.

Héctor la llevó directamente al departamento.

Al bajar del carro, miró la pequeña maleta de Julieta y comprendió de inmediato que no pensaba quedarse mucho tiempo.

Sin decir nada al respecto, tomó la maleta de manos del guardaespaldas y preguntó:

—¿Me trajiste tamales?

—No.

Héctor sonrió y le tomó la mano.

—Vamos.

Subieron hasta el piso sesenta y ocho.

Durante todo ese tiempo, Héctor había estado viviendo ahí.

El departamento era enorme.

Desde el ventanal de la sala se podía contemplar toda la ciudad, con el resplandor de las luces de neón extendiéndose a lo lejos.

Héctor le indicó a una empleada que acompañara a Julieta a la habitación para que se instalara.

La recámara principal se encontraba en el segundo piso. La decoración era sencilla y de estilo minimalista.

Julieta tomó la copa y bebió un sorbo.

Tenía un aroma intenso y era muy suave al paladar.

—¿Qué te parece? —preguntó él.

—Está muy bueno —respondió Julieta en voz baja.

Héctor la tomó de la mano, la llevó hasta uno de los bancos y la hizo sentarse.

Sobre la mesa habían preparado algo para comer, y en uno de los platos había dos tamales calientes.

Julieta solo había cenado la comida del avión, así que después de bañarse ya sentía un poco de hambre.

Apenas tomó el tenedor, escuchó a Héctor reír a su lado.

—Come bien, no vaya a ser que al rato te falten fuerzas.

La mano con la que sostenía el tenedor se tensó.

Héctor le sirvió un poco de uno de los platillos.

Después desenvolvió un tamal y lo puso en su propio plato.

—Ya que me los trajiste, no voy a rechazarlos.

Solo era un tamal, así que Julieta no se molestó en discutir con él.

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