—Justo quería hablar contigo de algo. Mañana pienso regresar a Monteluz. Hay un proyecto de la empresa que debo atender —dijo Julieta.
Héctor guardó silencio unos instantes antes de responder:
—Entonces regresa primero a Monteluz. Pediré que te reserven un vuelo.
Julieta lo observó, sorprendida de que hubiera aceptado con tanta facilidad.
Al notar su reacción, Héctor sonrió de lado.
—¿Qué significa esa mirada? ¿Crees que voy a echarme para atrás?
—Sabes perfectamente que nunca has tenido mucha credibilidad conmigo.
Después se dio la vuelta para marcharse.
De pronto, Héctor la sujetó de la muñeca.
Con un ligero tirón, la hizo caer de nuevo sobre la cama y la atrajo hacia sus brazos.
Cuando Julieta levantó la cabeza, sus rostros estaban tan cerca que podían sentir la respiración del otro.
Héctor preguntó en voz baja:
—Entonces, ¿qué tengo que hacer para que vuelvas a confiar en mí?
El cuerpo de Julieta se tensó.
La mirada de Héctor era demasiado intensa.
Ella apoyó una mano en la cama e intentó incorporarse.
—¿No eres muy inteligente? ¿También tengo que enseñarte lo que debes hacer?
Héctor sonrió.
—No sabía que me considerabas tan capaz.
Julieta lo miró de reojo sin responder y caminó hacia la puerta.
Héctor apartó las cobijas y se levantó.
En cuanto Julieta notó su movimiento, su expresión cambió.
—Tú...
Héctor se acercó con una sonrisa burlona.
—Después de tantas veces, ¿todavía te da pena?
Julieta apartó la mirada de inmediato y se dio la vuelta para salir, pero Héctor la abrazó por detrás.
—¿Todavía te sonrojas tan fácilmente?
Julieta se quedó rígida y lo apuró con fastidio:
—Ve a arreglarte de una vez.
—Ayúdame tú.

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