Julieta lo miró.
¿En qué momento había aceptado comprarle ropa?
Héctor percibió su mirada y volteó hacia ella.
Como si hubiera adivinado lo que estaba pensando, sonrió.
—No te preocupes, no tienes que pagar tú.
Julieta se quedó sin palabras.
Héctor la tomó de la mano y entró con ella al centro comercial.
Las tiendas de ropa para hombre se encontraban en el segundo piso, donde se concentraban numerosas marcas de lujo.
Entraron en una boutique de alta gama.
Héctor tenía varias prendas hechas a la medida por esa misma marca.
En cuanto los empleados los vieron entrar, se acercaron a atenderlos.
Héctor le dijo a Julieta:
—Elige lo que quieras.
Julieta lo miró y se dirigió a la zona de exhibición para revisar la ropa de los percheros.
Héctor se sentó en un sofá y los empleados le llevaron algunos bocadillos.
Mientras bebía agua, no apartó la mirada de Julieta, quien elegía las prendas con atención.
Ese día llevaba un vestido largo blanco combinado con zapatos de piso rojos.
Tenía el cabello recogido, lo que le daba una imagen pulcra y elegante.
Sin darse cuenta, la mirada de Héctor descendió hasta su vientre plano.
Julieta armó dos conjuntos y le indicó las tallas a la asesora.
La empleada asintió y fue a buscar las prendas.
Julieta se dio la vuelta y regresó al sofá.
Héctor la observó mientras dejaba lentamente el vaso de agua.
—¿Ya terminaste tan rápido? ¿Sabes qué talla uso?
—No.
Héctor sonrió.
—Qué poco interés le pusiste.
Julieta se sentó, tomó otro vaso de agua y respondió con indiferencia:
—Acertaste. Solo lo hice para salir del paso.
Héctor le rodeó la cintura con un brazo y se acercó a ella.
—No importa. Con que lo hayas elegido tú, es suficiente.


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