Capítulo 98 Julieta recibió las fotos y los videos de Sofía que le envió Sergio.
—Sofía se aferró a la medalla religiosa que le regalaste y se rió feliz. Seguro sabe que fue preparada por ti.
Al ver a la niña sonriendo tan contenta, los labios de Julieta se curvaron en una sonrisa.
Ahora ya lo aceptaba con calma.
Quería ver crecer a su hija, aunque no pudiera acompañarla.
Observando a la bebé en las fotos, era evidente que estaba muy bien cuidada.
Héctor de verdad la quería mucho.
—Es una pequeña muy despierta.
—Eso ni se diga, la hija que tú diste a luz seguro es inteligente.
*** De pronto, Julieta recibió una llamada de Héctor.
—Voy a salir de viaje unos días. Ven a cuidar a la niña.
Al escuchar eso, Julieta se quedó inmóvil.
Pensó que llamaba por el tema del divorcio; además, aún faltaban tres días para que terminara el periodo de reflexión.
Nunca imaginó que él tomaría la iniciativa de pedirle que regresara a cuidar a la niña.
Durante un buen rato no logró reaccionar.
¿Qué significaba eso? ¿Le estaba dando una salida?
Estaban a punto de divorciarse.
Héctor siempre había sido tajante y decidido en todo lo que hacía.
Además, la detestaba; era imposible que no quisiera divorciarse.
La única explicación era que, por consideración a la niña, le pedía que regresara.
Julieta apretó el celular.
La llamada quedó en silencio.
Héctor esperaba su respuesta.
Cada segundo se volvió una tortura para Julieta.
Sentía como si una enorme roca le aplastara el pecho, casi sin poder respirar.
Finalmente, habló:
—No puedo ir a cuidar a la niña. Cuídala bien.
Hizo todo lo posible por mantener el control y no dejar que las emociones se desbordaran.
Sabía que esa era la única oportunidad que Héctor le estaba dando.
En cuanto terminó de hablar, Héctor no dijo nada más y colgó.
Al escuchar el tono de la llamada terminada, Julieta dejó caer el celular sin fuerzas.
La tensión que había contenido se rompió de golpe: la nariz le ardió, los ojos se le enrojecieron y las lágrimas rodaron sin control.
En ese momento, Jimena entró con un plato de fruta y se encontró con Julieta llorando desconsolada.
Se sobresaltó, dejó el plato a un lado y corrió a abrazarla, sacando un pañuelo:
—¿Qué pasó? ¿Qué ocurrió?
Julieta enterró el rostro en el hombro de Jimena y rompió en llanto.
A Jimena se le encogió el corazón.
Le acarició la espalda con suavidad y le dijo:
—Llora todo lo que necesites. Después de llorar, todo se calma.
Mauricio se quedó de pie en la puerta, mirando a Julieta.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y se dio la vuelta en silencio.
No sabía cuánto tiempo pasó hasta que Julieta por fin se tranquilizó.
Exhausta de llorar, se quedó dormida en la cama.
Jimena salió del cuarto con pasos suaves, cerró la puerta y se secó las lágrimas de los ojos.
Mauricio la vio y preguntó:
—¿Julieta lloró por la niña?
—Héctor acaba de llamarla. No sé qué le dijo, pero seguro fue por la bebé.
Ambos sabían lo mucho que Julieta sufría por dentro.
Solo que ella no quería preocuparlos y siempre lo había ocultado.
Que hoy perdiera el control solo podía deberse a algo relacionado con la niña.
El rostro de Mauricio se ensombreció:
—Todo es culpa mía, por ser un mal padre.
Jimena lo consoló:
—No te culpes. Y no digas cosas así frente a Julieta; solo la harás sentir peor. Acompañémosla bien, todo saldrá adelante.

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