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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 792

Julieta frunció el ceño e intentó escupir la medicina, pero Héctor mantenía sus labios completamente sellados, obligándola a tragar aquel líquido amargo.

Ella lo empujó con todas sus fuerzas. Ya casi no podía respirar.

Solo entonces Héctor la soltó poco a poco.

Julieta se volvió de inmediato, abrió la llave y se enjuagó la boca mientras respiraba agitadamente, con el pecho subiendo y bajando.

Después desenvolvió un dulce y se lo metió a la boca.

Cuando logró recuperarse, volteó hacia Héctor.

Él tomó tranquilamente una servilleta y se limpió la comisura de los labios.

Luego la arrojó al bote de basura.

—Dame uno.

Julieta le entregó un dulce.

Héctor lo tomó, le quitó la envoltura y se lo metió a la boca.

—Aunque esté amarga, tienes que acabarte toda la medicina. Ya no eres una niña para hacerle el feo solo porque sabe mal.

Julieta lo miró sin responder y pasó junto a él para salir.

Héctor la siguió fuera del baño.

Alrededor de las ocho y media, Héctor terminó de atender los asuntos pendientes.

Cuando levantó la mirada, vio a Julieta recostada de lado en el sofá, con los ojos cerrados.

En verdad había adelgazado mucho y su figura se veía todavía más esbelta.

Parte de sus delgadas piernas de piel clara quedaba al descubierto.

Héctor se levantó y se acercó procurando no hacer ruido.

Hincó una rodilla frente a ella y contempló en silencio su delicado rostro dormido.

Sin maquillaje, su piel lucía una palidez fría.

La luz caía sobre sus facciones y las envolvía en un tenue resplandor.

Respiraba suavemente, con el pecho elevándose apenas, y parecía dormir tranquila.

Héctor extendió la mano y deslizó sus largos dedos por su rostro, rozando con las yemas aquella piel suave.

De pronto, las pestañas de Julieta temblaron y abrió los ojos.

Al reconocer a Héctor frente a ella, sus pupilas se contrajeron ligeramente.

En su mirada todavía quedaban rastros de sueño y confusión.

Héctor retiró la mano.

—Ya despertaste.

—Sí.

Héctor llevó a Julieta hacia el elevador.

Teresa permaneció en el mismo lugar, observándolos alejarse.

Después entró en la oficina de Héctor y dejó los documentos sobre el escritorio.

Cuando estaba a punto de salir, se detuvo.

Ese día había escuchado a Héctor pedirle a un abogado que preparara un convenio de divorcio.

Sin embargo, después de ver cómo se comportaban el uno con el otro, no parecían una pareja a punto de divorciarse.

Al final, ni siquiera Julieta podía resistirse a un hombre como Héctor.

Era comprensible. Cuando un hombre como él se esforzaba tanto por complacer a una mujer, ¿quién podía resistirse?

Teresa rodeó el escritorio, abrió el cajón superior y encontró de inmediato el convenio.

Lo sacó y lo revisó. Después tomó varias fotografías con su celular.

Cuando terminó, volvió a dejarlo exactamente en su lugar, cerró el cajón y salió de la oficina como si nada hubiera ocurrido.

A esa hora, todo el edificio seguía completamente iluminado.

Héctor y Julieta subieron al carro, que poco después se alejó lentamente.

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