El chirrido metálico de la puerta del almacén abandonado rasgó el silencio como una herida. Los tacones resonaban contra el suelo de concreto, cada paso un eco amenazante que rebotaba entre las paredes oxidadas.
Adela Vélez yacía en el suelo frío, su cuerpo maltratado apenas respondiendo. Las cadenas que aprisionaban sus manos y pies tintineaban débilmente con cada movimiento. Su rostro, que alguna vez había sido la envidia de la alta sociedad, ahora estaba desfigurado y manchado de sangre. Sus labios, antes perfectamente delineados, ahora estaban partidos y secos.
Entre la vida y la muerte, sus pensamientos se arrastraban como sombras difusas. El sabor metálico de la sangre en su boca le recordaba que seguía viva, aunque apenas.
Viviana Lomelí se detuvo frente a ella, sus tacones de diseñador a centímetros del rostro de Adela. Una sonrisa cruel bailaba en sus labios mientras se inclinaba ligeramente, su perfume caro mezclándose con el olor a óxido y humedad del almacén.
—Adela, mi amor —su voz destilaba una dulzura venenosa mientras se agachaba para quedar a su altura—. ¿Cómo se siente ver todo lo que tenías desmoronarse? ¿Ver cómo te quedaste sin nada ni nadie?
Al reconocer esa voz, algo primitivo se despertó en Adela. Sus ojos, antes nublados por el dolor, se encendieron con una furia animal. Se retorció violentamente contra sus cadenas, intentando alcanzar a la mujer que alguna vez había llamado mejor amiga. El metal se clavaba en su carne, pero el dolor físico parecía insignificante comparado con la rabia que la consumía.
—¡Viviana! —rugió, su voz ronca por la falta de agua—. ¡Maldita seas! ¡Te voy a matar!
Una carcajada musical escapó de los labios perfectamente pintados de Viviana. El sonido rebotó en las paredes del almacén, multiplicándose como un coro macabro.
—¿Tú? ¿Matarme? —Viviana rodó los ojos con desdén, su mano jugueteando con su collar de perlas—. Por favor, mírate nada más. Tu querida familia Vélez ya no existe.
Se inclinó más cerca, sus ojos brillando con malicia mientras estudiaba el rostro desfigurado de Adela.
—Mira en qué desastre te has convertido —continuó, su voz un susurro burlón—. Probablemente, solo Laurent Zaragoza seguiría queriéndote así. Pero qué pena... —hizo una pausa dramática, saboreando cada palabra—. Laurent también está muerto, y de una manera muy trágica.
El rostro de Adela perdió el poco color que le quedaba. Sus labios temblaron, negándose a aceptar esa realidad.
—¡Imposible! —su voz se quebró—. ¡No puede ser! Laurent no puede estar muerto, él... él no...
Viviana sacó su celular con un movimiento estudiado, sus uñas perfectamente manicuradas brillando bajo la escasa luz.
—¿No me crees? —preguntó con falsa dulzura—. Mira bien quién es el del video.
En la pantalla, Laurent aparecía bebiendo algo. Sus ojos, normalmente fríos y controlados, estaban llenos de desesperación. Su cuerpo se convulsionaba mientras la sangre manchaba sus labios. Adela observó, paralizada, cómo el amor de su vida se retorcía de dolor hasta que sus ojos perdieron todo brillo.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro maltratado de Adela, mezclándose con la sangre seca. Viviana observaba la escena con deleite, sus ojos brillando con un placer casi sexual ante el sufrimiento de su antigua amiga.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Última Promesa